Todas las mujeres con las que salió mi papá viudo desaparecieron de la noche a la mañana; le pedí a mi amiga que fuera a una cita con él

Mi papá, Ernesto, enviudó cuando yo tenía dieciséis años. Mi mamá, Elena, murió después de una larga enfermedad, y durante doce años nuestra casa se quedó en un silencio que todos fingíamos llamar paz.

Papá cocinaba para uno, veía los partidos solo y guardaba la ropa de mamá en un armario al que nadie se atrevía a acercarse. Cuando por fin, a los cincuenta y ocho años, me dijo que había aceptado una cita, sentí alegría y alivio a partes iguales.

Lo que no esperaba era lo que vendría después.

Mujeres que desaparecían

La primera mujer con la que salió dejó de contestarle a la mañana siguiente. La segunda le escribió dos mensajes amables y después lo bloqueó. La tercera, la cuarta, la quinta… todas siguieron el mismo guion: una cena agradable, una despedida cálida y, al día siguiente, nada. Ni una excusa, ni una explicación.

Papá intentaba hacerse el fuerte.

—Será que ya no sé hacerlo —decía, encogiéndose de hombros.

Pero yo veía cómo se le apagaba la mirada cada vez que el teléfono no sonaba. Después de la sexta mujer que se esfumó de la noche a la mañana, dejé de creer en la casualidad.

Así que hice algo que todavía hoy no sé si fue valiente o imprudente. Le pedí a mi amiga Valeria, a quien conocía desde la universidad, que saliera con mi papá una sola vez.

—¿Quieres que salga con tu padre? —se rio—. Camila, es una locura.

—Solo una cena. Quiero entender qué pasa después.

Aceptó. La cena salió bien, tan bien que mi papá me llamó esa noche con la voz más ligera que le había escuchado en años. Al día siguiente, Valeria me escribió: «No me llames. No me escribas. Mañana te explico».

Llamé de todas formas. Nadie contestó.

El mensaje del número desconocido

Dos horas después recibí otro mensaje suyo: «No puedo explicarlo por teléfono. Nos vemos mañana temprano».

Esa noche casi no dormí. A la mañana siguiente la esperé frente a su oficina. Estaba pálida, ojerosa, y miraba hacia la entrada del edificio como si buscara una excusa para huir.

—¿Qué pasó? —le pregunté—. ¿Qué hizo mi padre?

Sin decir nada, me mostró su teléfono. Le temblaban tanto los dedos que tuve que sostenerlo yo.

En la pantalla había un mensaje de un número desconocido: «Aléjate de él. No tienes idea de lo que es capaz». Debajo, una fotografía de Valeria saliendo del restaurante junto a mi papá, tomada desde la acera de enfrente.

—¿Cuándo llegó esto?

—Unos veinte minutos después de que llegué a casa.

Deslicé hacia arriba. Había más mensajes. Quien los enviaba sabía dónde vivía Valeria, dónde trabajaba e incluso el nombre de su hermano menor, Matías. El último era el peor:

«Si vuelves a contactar con él o con Camila, Matías se va a enterar de lo que pasó en Rosario».

—¿Qué pasó en Rosario? —pregunté.

Los ojos se le llenaron de vergüenza.

—Nada criminal. Hace tres años Matías tuvo un problema con las adicciones y desapareció dos días. Lo encontré en un motel y lo traje a casa. Solo lo sabe mi familia.

—¿Cómo puede saberlo esta persona?

—No lo sé. Y por eso te pedí que no me llamaras: el mensaje llegó segundos después de que me marcaras. Quien lo escribió sabía que intentabas hablar conmigo.

Sentí un escalofrío. Alguien nos estaba vigilando a las dos.

Las cámaras de la entrada

Le pedí a Valeria que me reenviara todo. Dudó un momento antes de aceptar.

—Ten cuidado, Camila. Esto no parece una mujer despechada ni un desconocido celoso.

—¿Crees que mi papá está involucrado?

—Creo que alguien muy cercano a él lo está.

Quise defenderlo, pero recordé lo rápido que se molestaba cada vez que le preguntaba por sus citas. Manejé hasta su casa. Me abrió en pantuflas y con un buzo viejo, con ojeras profundas.

—Valeria no me responde —dijo—. ¿Hice algo mal?

El dolor en su voz era real. Le mostré los mensajes. Los leyó despacio y su rostro pasó de la confusión al miedo.

—Hay que llamar a la policía.

—¿Me dejas mirar tu teléfono, papá?

Dudó apenas un segundo.

—Claro.

No había aplicaciones ocultas ni llamadas raras. Pero entonces vi una notificación del sistema de seguridad.

—¿Instalaste cámaras?

—Después de que se metieron a robar en el garaje el año pasado. Frente a la puerta, en el camino de entrada y en la puerta trasera.

Abrí la aplicación. La grabación de la noche anterior mostraba a mi padre llegando solo a las 11:42. Unos minutos después, una figura con capucha cruzó el borde del camino, con la cara vuelta hacia otro lado. Se detuvo junto al auto y desapareció.

—¿Quién es?

—No lo sé —susurró mi padre.

Retrocedí el video. Esta vez me fijé en los zapatos: tenis blancos con una franja oscura en el costado. Los había visto antes. No hacía poco, pero sí muchas veces.

Los tenis blancos

Volví a mi casa y saqué del fondo del clóset una caja con fotos y tarjetas de mamá. Al fondo encontré una imagen de su último verano. Junto a ella sonreía mi tía Gloria, su hermana menor. En los pies llevaba esos mismos tenis.

Después de la muerte de mamá, Gloria había ayudado a papá con todo: comidas, trámites, compañía cuando yo volvía a la universidad. Luego se alejó. Dijo que le dolía demasiado ir a esa casa. Yo se lo creí.

Llamé a Valeria.

—¿Te acuerdas de mi tía Gloria?

—La conocí en tu fiesta de graduación.

—¿Le contaste algo sobre Matías?

Hubo un largo silencio.

—Sí. Me encontró llorando en el baño y se lo conté todo.

La última pieza encajó. Gloria conocía la historia de Valeria, los horarios de mi padre, mis costumbres y tenía llaves de la casa desde hacía años.

Fui a su departamento antes de que me abandonara el valor. Abrió con ropa deportiva. Junto a la puerta estaban los tenis blancos. Cuando le mostré el video, el color se le fue de la cara.

—Seguiste a Valeria —le dije.

—Camila, no lo entiendes.

—Entonces explícamelo.

—Tu padre debía amar a tu madre para siempre.

—Y la amó. Pasó doce años solo.

—¿Y eso hace aceptable que sonría a otras mujeres como si ella nunca hubiera existido?

Sentí cómo la rabia le ganaba espacio al duelo.

—Amenazaste a seis mujeres.

—Solo las advertí.

—Las aterrorizaste.

—Protegía el lugar de tu madre en su vida.

—No protegías nada.

Gloria rompió a llorar. Había investigado a cada una en internet, las había seguido después de las citas y les había escrito desde números temporales. Casi todas se asustaron y bloquearon a mi papá. Con Valeria había sido distinto solo porque la conocía.

—¿Por qué metiste a Matías?

—Si no, no me habría hecho caso.

Miré a la mujer que me había abrazado en el entierro de mi madre.

—No honraste a mamá. La usaste.

Me fui sin consolarla.

Después de todo

Valeria denunció las amenazas y mi papá entregó el video a la policía. Gloria terminó aceptando su responsabilidad y comenzó terapia como parte del proceso legal.

Papá se culpó al principio.

—Nunca debí empezar a salir con nadie.

Me senté a su lado en la mesa de la cocina.

—No, papá. Debiste empezar a vivir mucho antes.

Pasaron meses antes de que lo intentara otra vez. Esta vez le contó la verdad sobre mamá a su cita y también que tenía miedo de perder otra oportunidad de ser feliz. Se llamaba Beatriz.

Y no desapareció a la mañana siguiente.

Cuando papá me llamó después de su tercera cita, se escuchaba música de fondo. Se rio de algo que ella dijo. Por primera vez en doce años, la casa ya no sonaba como un lugar esperando a que alguien regresara.

Honrar a los que se fueron nunca debería significar encerrar a los que se quedaron.