Una decisión peligrosa: sangre y oscuridad en el bosque del norte

El frío se le clavaba hasta los huesos. Cada paso a través de la nieve profunda, el barro y las hojas empapadas consumía las últimas fuerzas de Leora. Su zapato derecho había quedado atrapado en algún hoyo lodoso, y ahora su pie, cubierto apenas por una media delgada, estaba entumecido por el hielo. Sin embargo, la joven no se detuvo. Podía sentir la sangre de Leo empapando el delantal de su uniforme, tibia y pegajosa en contraste con el viento glacial del noreste.

Una huida desesperada en la tormenta

—Solo un poco más —susurró casi sin aliento—. No te duermas, Leo. Por favor.

Lo estrechó con más fuerza contra su cuerpo. La escena parecía sacada de una vieja fotografía dramática: una mujer con uniforme de servidumbre aferrándose con toda su alma a una carga preciosa, mientras al fondo, entre las luces de una mansión lujosa y la oscuridad envuelta por la ventisca, se alzaba la silueta de un hombre alto y moreno, una sombra que representaba la amenaza y la traición.

Finalmente llegó a la cabaña del viejo jardinero. Era una construcción de madera derruida, cubierta de musgo, con una puerta entreabierta. Leora empujó a Leo dentro, cerró la puerta tras ella y aseguró un pesado cerrojo de hierro oscuro.

Refugio en la cabaña abandonada

El interior era polvoriento y frío, con un persistente olor a madera vieja. Recostó a Leo sobre un banco desgastado. Él tenía los ojos casi cerrados y respiraba de forma rápida y superficial.

—Leora… —dijo con voz apenas audible—. Están cerca.

A lo lejos, en el claro del bosque, unos haces amarillos de luz destellaban entre los árboles. Camionetas negras avanzaban lentamente por el camino forestal, con potentes faros que atravesaban la oscuridad y la nieve. Samuel y sus hombres rastreaban la zona. Sabían que el hombre herido no podía haber llegado muy lejos.

Leora se arrodilló junto a Leo y le desabrochó la camisa. Las dos heridas de bala en el abdomen seguían sangrando sin parar. Si no hacía algo en los próximos minutos, el heredero de la familia mafiosa moriría desangrado antes de que los asesinos siquiera lo encontraran.

—Tengo que detener la hemorragia —se dijo, con las manos temblando por el frío y el miedo.

Un acto de valentía bajo presión

Se arrancó el delantal blanco, ya manchado de rojo, y lo rasgó en varias tiras. Sabía que la simple presión no bastaría. Debía aplicar fuerza directa sobre las heridas.

—Te va a doler —advirtió.

Leo apenas asintió débilmente. Leora presionó con firmeza la tela sobre la herida. El cuerpo de él se tensó de golpe, dejó escapar un grito mudo de dolor, pero no perdió el conocimiento. Sus ojos oscuros se encontraron con los de ella. En esa mirada ya no quedaba la autoridad fría típica de un jefe mafioso: solo era un hombre luchando por su vida, y una mujer que se había convertido en su única esperanza.

Afuera se escuchó el crujido de ramas. Pasos.

—¡Revisen la cabaña! —resonó la voz ronca de Samuel—. ¡No pudo haber ido muy lejos!

Segundos que deciden un destino

Leora contuvo la respiración. Se agazapó bajo la ventana, con una mano presionando la herida de Leo y la otra cubriéndole la boca para evitar cualquier sonido involuntario. A través de las grietas de las tablas de madera podía ver la luz de los reflectores deslizarse por las paredes de la cabaña. Los asesinos estaban a apenas unos metros de distancia.

En ese instante, Leora comprendió algo con absoluta claridad: si sobrevivían a esa noche, su antigua vida quedaría atrás para siempre. Ya no sería solo una mucama encargada de limpiar la lujosa escalera de mármol. Se convertiría en alguien que conocía un secreto capaz de destruir todo el imperio Moretti.

El reflector se alejó lentamente. Los pasos se disiparon hacia la cima de la montaña. Por unos segundos, solo se oyó el viento sacudiendo los árboles.

Una promesa en medio de la oscuridad

Leo tomó la mano de Leora, la apartó suavemente de su boca y, mirándola directamente a los ojos, le dijo con voz débil pero firme:

—Si sobrevivo… tú estarás a salvo. Y tu hermana también. Te lo prometo, Leora.

En aquella cabaña olvidada, entre el crujir del bosque y el eco lejano de los perseguidores, se selló un pacto silencioso. Dos vidas quedaron unidas por la sangre, el miedo y una promesa que, si el destino lo permitía, cambiaría para siempre el curso de sus historias. La noche todavía era larga, pero por primera vez, ambos se atrevieron a creer que podrían ver el amanecer.