Mi mamá cerró con llave la puerta de mi cuarto la noche del baile de graduación.
Ahí supe que algo no estaba bien.
Abajo, Nico me esperaba con un traje azul marino y la corbata de moño de la que hablaba desde noviembre. Lo oía charlar con mi tía a través del piso. Entonces mamá se volvió hacia mí.
—Puedes ir con Nico esta noche, Cami. Pero con una condición. Necesito una promesa tuya.
La miré fijo.
—Así funcionan las citas, ya sé.
—Hablo en serio.
Tenía la voz rara. Intenté bromear: ¿medianoche? ¿Once y media? Pero cuando usó mi nombre completo, Camila, la sonrisa se me borró. Le temblaban las manos.
—Antes tienes que oír algo. Sobre Nico. Y sobre mí. Les debo la verdad a los dos.
Las pasas y los dinosaurios
Nico y yo nos conocimos por culpa de unas pasas.
Teníamos seis años. En el recreo, la maestra de primer grado repartió cajitas rojas, y yo las escondía en silencio bajo una servilleta cuando el niño de al lado susurró: “Eso es inteligente”.
Levanté la vista. Él hacía exactamente lo mismo.
—¿Las odias? —pregunté.
—Son uvas viejas.
—Lo son.
—Las uvas viejas son asquerosas —sentenció.
Eso lo decidió todo. Antes del almuerzo éramos mejores amigos.
Nico sabía una cantidad irrazonable de cosas sobre dinosaurios y tenía opiniones firmes sobre cuál ganaría en una pelea. Yo los dibujaba, muy mal. La primera vez que le mostré mi tiranosaurio lo miró varios segundos.
—Parece una papa con manos —dijo.
Lo empujé. Se rio tanto que la maestra tuvo que separarnos.
Nico tenía síndrome de Down. A los seis años eso me importaba mucho menos que el hecho de que hiciera trampa en las adivinanzas de dinosaurios, aprendiéndose las respuestas antes de preguntármelas.
Nuestra amistad era sencilla. Hasta que otro niño la complicó.
Una tarde, la maestra Julieta anunció que se iba a casar. El salón estalló. Todos tenían opiniones: pastel de chocolate, pastel de vainilla, flores, música, y alguien exigía una cama elástica.
Nico levantó la mano.
—En mi boda habrá pastel de chocolate.
—Excelente elección, Nico.
—Y sin canciones lentas, maestra Julieta. Son aburridas.
Un niño del otro lado de la mesa resopló.
—Tú no te vas a casar, Nico.
Nico lo miró.
—Sí me voy a casar.
—¿Con quién?
—Todavía no sé.
—Nadie se va a casar contigo.
Recuerdo el segundo exacto en que se le borró la sonrisa a Nico. Se miró las manos. Algo caliente me subió al pecho.
—Eso es feo, Ramiro.
—¿Y qué?
—Alguien va a querer a Nico.
—Entonces cásate tú con él.
Una ola de risitas cruzó el salón.
Más tarde, después de clases, Nico me miró muy serio.
—Cami… ¿tú me querrías?
Lo pensé un momento.
—Quizá te quiera.
—¿De verdad?
De pronto me di cuenta de que había entrado en un asunto muy serio.
—Quizá. Pero primero tenemos que ir al baile de graduación.
—¿Qué es eso?
—Un baile.
—Ya tenemos bailes.
—No. El baile de graduación es cuando ya casi somos grandes.
—Ah. —Extendió el meñique—. ¿Prometes?
Enganché mi dedo con el suyo.
—Prometo.
Yo lo olvidé antes de la cena. Nico no.
Doce años después
Doce años es mucho tiempo para que alguien recuerde una promesa. Yo ni siquiera estaba segura de que Nico fuera a pedirme que lo acompañara.
Una tarde de febrero me encontró junto a mi casillero.
—Cami. ¿Te acuerdas de primero?
Fingí pensar.
—No.
Se le cayó la cara.
—¿De verdad?
—Nico, es broma.
—Eso no es gracioso.
—Un poco sí.
—No.
Entonces estiró el meñique, y de pronto volví a tener seis años: las pasas, los dinosaurios, un niño muy cruel, una promesa que olvidé esa tarde y que, de algún modo, cumplí durante doce años.
—¿El baile? —pregunté.
—El baile. —Se le iluminó toda la cara—. Ya compré el moño.
—¿Cuándo?
—En noviembre.
—Nico, eso fue en noviembre.
—Exacto. Las tiendas se quedan sin cosas.
La noche del baile, yo peleaba arriba con un arete cuando sonó el timbre. Mi tía gritó: “¡Cami, llegó!”.
—¡Dile que dos minutos!
—¡Dijiste eso hace quince! —se oyó la voz de Nico desde la puerta.
Traidor.
Cuando me asomé a las escaleras, oí a mamá abrir la puerta. Y luego un silencio. No uno normal. De los que te dejan sin moverte.
Nico estaba en el recibidor, con su traje azul marino, la camisa blanca y ese moño ridículamente derecho. Sostenía en una mano un ramillete pequeño de muñeca. Sonreía. Mamá no. Lo miraba fijamente, como si hubiera visto un fantasma.
—¿Señora Marta?
—Ah. Nico. Hola.
—¿Está bien?
—Sí.
Pero no lo estaba. Yo conocía a mi madre. Algo había cambiado en el instante en que lo vio. Sus ojos bajaron al ramillete, al moño, y volvieron a su cara.
—Cami casi está lista.
—Ya estoy lista.
Mamá me vio en las escaleras. Su rostro cambió otra vez.
—Sube conmigo.
—¿Qué? Mamá, Nico está esperando.
—Lo sé.
Nico levantó el ramillete.
—Traje esto. Es romero.
—¿Romero?
—La florista dijo que significa recuerdo. —Parecía muy satisfecho de sí mismo—. Yo me acuerdo de las promesas.
Mamá hizo un sonido pequeño detrás de mí. Cuando me volví, tenía los ojos húmedos.
Lo que mamá guardaba
Al entrar a mi cuarto, mamá cerró la puerta y le echó llave.
—Muy bien, me estás asustando.
—Puedes ir con Nico esta noche. Pero solo con una condición.
La rabia me llegó antes que el miedo.
—Si es porque Nico tiene síndrome de Down, juro por Dios…
—No.
—Porque tengo dieciocho años, mamá.
—Lo sé.
—Es mi mejor amigo.
—Eso también lo sé.
—Entonces ¿qué pasa?
Mamá apretó los labios. Tardó en poder hablar. Por fin se sentó en mi cama.
—¿Recuerdas el año en que se fue tu papá?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—¿Qué tiene que ver con el baile?
—Pasó algo ese año. Tenías doce años. Dejaste de comer en el almuerzo.
Los brazos se me fueron bajando despacio.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque Nico me lo dijo. Venía todos los días a casa con una bolsa y me decía: “Hoy Cami no quiso comer”. Y yo me dediqué a mirar cuánto hacías tú por él, cuánto cuidabas a Nico, cuánto te hacías cargo. Me convencí de que eras tú la que lo sostenías.
Su boca tembló.
—Seguí midiendo su amistad por lo que Nico podría necesitar de ti. Jamás me detuve a medirla por lo que él te daba.
De repente vi esos años de otra manera. El helado después de mi examen de manejo. El dinosaurio tonto en su casillero. Los almuerzos en que no podía hablar. Un porche, cuando tenía el corazón roto. Nico nunca había necesitado que lo cargara. Simplemente habíamos seguido apareciéndonos el uno para el otro.
—Entonces ¿cuál es tu condición? —susurré.
Mamá sonrió entre lágrimas.
—No vayas esta noche porque la Cami de seis años lo prometió. —Me apretó la mano—. Prométeme que irás porque la Camila de dieciocho lo elige.
Me reí.
—Mamá, no voy por la promesa.
—Ahora lo sé.
—La promesa es solo la razón por la que Nico compró un moño cuatro meses antes.
Eso la hizo reír por fin.
El primer baile
Bajamos. Nico nos miró a las dos.
—Tardaron mucho.
Mamá fue derecho hacia él.
—Nico, ¿puedo tener el primer baile?
Alzó las cejas.
—Señora Marta, esto no es el baile.
Estallé en carcajadas. Mamá puso música de todos modos. Durante treinta segundos incómodos, Nico contó los pasos mientras ella se movía una y otra vez en la dirección equivocada. Por fin suspiró.
—Señora Marta, Cami baila mejor.
—Por eso es tu pareja. —La voz de mamá se suavizó—. Gracias por quedarte.
Nico frunció el ceño, como si le agradeciera por respirar.
—Ella también se queda.
Mamá cerró los ojos. Era la respuesta que había esperado durante años.
En el baile, cuando empezó la primera canción lenta, Nico me tendió la mano.
—Cami, me debes doce años.
Me pisó el zapato a los cinco segundos.
—Eres terrible.
—Tu vestido está mal diseñado.
Nos reímos hasta que la gente se volvió a mirar. No pasó nada extraordinario. Nadie nos aplaudió. Éramos dos chicos de dieciocho años bailando mal juntos.
Después, mamá esperó afuera. Nico cargó mis tacones porque me dolían los pies, y yo cargué su saco porque tenía calor. En el auto me abrió la puerta; me incliné sobre el asiento y le abrí la suya.
Mamá nos miró por el espejo y por fin lo entendió: nadie salvaba a nadie. Nadie cumplía ninguna obligación. Solo éramos dos personas que a los seis años habían descubierto algo que los adultos a veces tardan toda la vida en aprender.
Cuando alguien te importa, te quedas.
Y a veces, si tienes suerte, ellos también se quedan.