Por qué las mulas son estériles: la explicación genética de su imposibilidad de reproducirse

Existe un animal que nace ya condenado a no dejar descendencia. Es fuerte, sano y en muchos aspectos más resistente que sus propios padres, pero desde el primer segundo de su vida lleva algo roto por dentro: jamás podrá tener crías. Ese animal es la mula, y su esterilidad no es mala suerte ni casualidad, sino algo escrito en su cuerpo por culpa de un solo número.

Qué es exactamente una mula

Para entender por qué la mula es estéril, primero hay que entender qué es. La mula no es una especie. No existen manadas de mulas salvajes corriendo por el campo y teniendo mulitas. Cada mula que ha existido es un cruce hecho, casi siempre, por la mano del ser humano.

Una mula nace de cruzar dos especies distintas: una yegua, la hembra del caballo, y un burro, el macho. De esa mezcla sale un animal que, en muchos aspectos, es mejor que sus dos padres: tiene la fuerza y el tamaño del caballo, pero la resistencia, la paciencia y la seguridad de pie del burro. Es más fuerte, aguanta mejor el calor, come menos y es más listo ante el peligro. Por eso llevamos miles de años criándolas.

Un apunte curioso: si se hace el cruce al revés, un caballo macho con una burra, también sale un híbrido, llamado burdégano, con exactamente el mismo problema de fertilidad. Pero la mula, hija de yegua y burro, es con diferencia la más común y la más apreciada.

El problema está en los cromosomas

Toda esa mezcla tan buena esconde un fallo fatal que solo aparece cuando la mula intenta tener descendencia. Para verlo hay que meterse dentro de sus células.

Dentro de cada célula de cualquier ser vivo hay unas estructuras que guardan las instrucciones para construir ese cuerpo: los cromosomas. Se pueden imaginar como tomos de un manual de instrucciones, cada uno con un capítulo del cuerpo: cómo hacer los huesos, el color de los ojos, la forma de las patas.

  • El caballo tiene 64 cromosomas.
  • El burro tiene 62 cromosomas.
  • La mula hereda la mitad de cada uno: 32 de la yegua y 31 del burro, sumando 63 cromosomas.

Ese número impar, tan inocente como parece, es el origen de toda la maldición. Para casi cualquier cosa, esos 63 cromosomas no dan ningún problema: la mula crece, corre, trabaja y vive una vida larga y sana. El desastre solo aparece cuando su cuerpo intenta fabricar óvulos o espermatozoides.

Por qué falla la reproducción

Para fabricar una célula de reproducción, el cuerpo coge todos los cromosomas, los pone por parejas y reparte una mitad de cada pareja a cada célula nueva. Es como repartir una baraja: cada carta tiene que encontrar a su gemela para poder separarlas de forma ordenada.

En un caballo, sus 64 cromosomas forman 32 parejas exactas y todo se reparte limpiamente. En un burro, sus 62 forman 31 parejas. Pero en la mula ocurre un doble desastre:

  • Al ser un número impar, siempre sobra un cromosoma solitario que se queda sin pareja.
  • Los cromosomas del caballo y del burro no son iguales, no encajan bien entre ellos, como intentar emparejar cartas de dos barajas distintas.

El resultado es un caos total. Las células de reproducción que salen de ahí son incompletas, descabaladas, sin un juego completo de instrucciones. Son inservibles y jamás podrán dar lugar a una cría. Por eso la mula es estéril: no porque le falle el cuerpo, sino porque en el momento de crear vida sus cromosomas simplemente no saben bailar juntos.

Los rarísimos casos en que una mula tuvo cría

A pesar de todo esto, ha habido casos contadísimos, un puñado en toda la historia registrada, de mulas hembra que, contra todo pronóstico, tuvieron una cría. Durante siglos se consideraron pura leyenda hasta que la ciencia moderna pudo comprobar alguno de verdad. El caso más sonado se verificó en nuestra época con pruebas genéticas que confirmaron que la madre era efectivamente una mula.

Esto solo se ha visto en hembras. Los machos, hasta donde se sabe, son estériles siempre, sin excepción. Solo la hembra, en circunstancias que aún no se entienden del todo, consigue saltarse las reglas.

Cuando los científicos examinaron esas crías, encontraron algo sorprendente. Para lograrlo, el cuerpo de la mula hizo una trampa: en lugar de intentar mezclar los cromosomas del caballo y del burro, se saltó el proceso de emparejar y creó un óvulo que contenía únicamente el ADN de su lado materno, el del caballo, dejando fuera por completo la parte del burro.

Ese óvulo llevaba una copia limpia del mismo material genético que la propia mula había recibido de su madre, la yegua. Por eso, cuando esa cría nació, compartía con su madre la misma herencia materna, la de la abuela yegua. Dicho de otra forma, esa cría era al mismo tiempo hija de la mula y su media hermana.

Por qué siguen existiendo mulas

Si una mula no puede tener crías, ¿cómo es que hay mulas por todo el mundo desde hace miles de años? Aquí está la vuelta final. Su esterilidad, que parece una desgracia, es en realidad la razón por la que la seguimos criando.

Como cada mula hay que fabricarla cruzando un caballo y un burro, nunca ha existido una raza de mulas que se reproduzca sola. Cada una es un ejemplar único hecho a mano. A lo largo de la historia, esa esterilidad fue incluso una ventaja: al no poder reproducirse, la mula pone toda su energía en ser fuerte, trabajadora y longeva, en vez de gastarla en tener crías. Es el animal de carga perfecto.

Para los antiguos romanos, la mula era el símbolo mismo de lo imposible. Cuando querían decir que algo no pasaría jamás, no decían “cuando los cerdos vuelen”, decían: “cuando la mula tenga un hijo”.