Tenía 3.200 pesos colombianos en la mano y un tarro de leche Klim que costaba 18.500. Mi hijo Samuelito, de once meses, lloraba pegado a mi pecho porque llevaba desde las seis de la mañana sin tomar nada más que agua con azúcar.
Era el 14 de marzo de 2019. Un jueves. Estaba en la caja número 7 del Éxito de la Avenida 68, en Bogotá, y la cajera me miraba con esa cara de «muévase, señora, hay fila».
—No me alcanza —le dije, con la voz temblando—. Deme solo una bolsita de arroz, por favor.
Detrás de mí había como ocho personas. Un señor de corbata bufó fuerte. Una señora bien vestida sacó el celular y empezó a grabarme, no sé para qué. Otra me dijo entre dientes:
—Pues no tenga hijos si no puede mantenerlos.
Yo tenía 22 años. El papá de Samuel se había ido cuando yo tenía cinco meses de embarazo. Mi mamá me había echado de la casa por «traer una vergüenza al mundo». Vivía en una pieza en Kennedy que me alquilaba doña Fabiola por 280.000 al mes, y llevaba tres meses debiéndole.
Empecé a llorar ahí, en plena caja, con Samuelito pegado a mí. La cajera puso el arroz aparte y siguió con el siguiente cliente. Yo no me podía mover.
Fue ahí cuando sentí una mano en el hombro.
Me volteé. Era una mujer bajita, de unos 60 años, con la piel curtida por el sol, el pelo canoso recogido con una liga de cocina. Llevaba un vestido azul con dos remiendos visibles en el costado y unas sandalias plásticas gastadas.
Sin decir nada, sacó de un pañuelo anudado un billete arrugado de 20.000 pesos y otro de 5 dólares que tenía guardado como si fuera un tesoro.
—Tome, mija. Cambie los dólares en la casa de cambio de la esquina, dan buena tasa.
—No, señora, no puedo aceptar…
—Aceptás —me dijo, mirándome fijo—. Yo tuve un hijo también. Y una vez, hace muchos años, una mujer hizo lo mismo por mí en Cali. Uno paga lo que le dieron dándoselo a otro.
Le pagó al cajero el tarro de leche, el arroz, unos pañales Huggies pequeños y un paquete de galletas María.
Cuando salimos, me invitó a un tinto en la panadería La Victoria de la esquina. Se llamaba Rosa Elvira Cárdenas. Vivía en Bosa, viajaba dos horas en bus para venir a limpiar casas en Chapinero. Le pagaban 45.000 pesos el día.
Esa mujer, que ganaba menos que muchos y que ese día se quedó sin almuerzo por mí, se convirtió en la única familia que Samuel y yo tuvimos durante los siguientes cuatro años.
Doña Rosa me consiguió trabajo cuidando a una señora mayor en Cedritos. Me enseñó a hacer arepas de chócolo para vender los domingos en el parque. Me prestó su cédula para que me fiaran en la tienda de don Aníbal cuando yo todavía no tenía historial. Los sábados venía a mi pieza con Samuelito y le traía plátano maduro y le cantaba «Los pollitos dicen» hasta que se dormía.
Yo la llamaba «abuela Rosa». Samuel aprendió a decir «buela» antes que «mamá».
En 2022 ya estábamos mejor. Yo trabajaba fijo en una peluquería en Galerías, había terminado el bachillerato por ciclos y estaba estudiando técnico en administración.
Hasta que el 8 de febrero de 2023 sonó mi celular a las once de la noche.
Era el Hospital San Ignacio.
—¿Usted es Marcela Restrepo? Tenemos aquí a una paciente, Rosa Elvira Cárdenas. Usted figura como contacto de emergencia. La señora tuvo un derrame cerebral.
Llegué al hospital a la 1 de la mañana. Doña Rosa estaba conectada a má