Me llamo Elvira Monsalve, tengo 82 años y llevo once años, tres meses y catorce días encerrada en el asilo San Rafael, en las afueras de Villavicencio.
Nadie me visita. Nadie llama. Nadie pregunta por mí.
Los domingos son los peores. Desde las siete de la mañana me pongo el vestido azul de flores que traje de mi casa, me peino con la peineta de carey que me regaló mi esposo Aureliano antes de morir, y me siento en la silla de mimbre frente a la ventana que da al portón principal.
Espero.
Espero a Ricardo, mi hijo mayor. Espero a Marta, la del medio. Espero a Julián, el menor, el que me decía «mamita linda» hasta los treinta.
Nunca vienen.
La enfermera Dora, que trabajó aquí ocho años, me decía siempre lo mismo mientras me peinaba: «Doña Elvira, olvídese. Los hijos de hoy son así. Ingratos.»
Once años pensando que mis hijos me habían tirado a la basura como un mueble roto. Once años repasando cada recuerdo, buscando el error que me había costado el amor de mis tres hijos.
Hasta que llegó Yulieth.
Yulieth es la enfermera nueva. Tiene 26 años, es de Neiva, y llegó al asilo hace apenas tres semanas para reemplazar a Dora.
El martes pasado, mientras me tomaba la presión, me preguntó:
—Doña Elvira, ¿y su familia?
—No tengo, mija. Bueno, tengo tres hijos, pero hace once años que no los veo. Me abandonaron aquí.
Esa misma tarde, la vi entrar a la oficina del director, don Efraín Cárdenas. Estuvieron encerrados casi una hora. Yo estaba en el pasillo, fingiendo tejer, pero alcancé a escuchar pedazos: «expediente incompleto», «voy a denunciar esto».
Al día siguiente, Yulieth entró a mi cuarto a las seis de la mañana. Cerró la puerta con seguro. Se sentó en el borde de mi cama y me tomó las manos.
—Doña Elvira —me dijo—, sus hijos no la abandonaron.
Yo la miré sin entender. Sentí que el cuarto giraba.
—¿Cómo así, mija? ¿Qué está diciendo?
Yulieth sacó del bolsillo del uniforme unos papeles doblados. Los abrió despacio.
—Sus hijos han venido. Han venido muchas veces.
—Eso no puede ser —le dije—. Yo estoy aquí todos los días. Yo los habría visto.
—No, doña Elvira. Ellos vienen, pero don Efraín les dice que usted no quiere verlos. Que usted pidió que no la molestaran. Que usted los renegó desde que llegó.
Sentí que el aire se me acababa.
—Aquí está el registro de visitas —siguió Yulieth, mostrándome una hoja llena de firmas—. Ricardo Monsalve vino en 2014, en 2015, en 2016 dos veces. Marta Monsalve vino en 2017 con dos niños pequeños. Julián vino hace apenas ocho meses. Todos firmaron. A todos los rechazaron en la puerta.
Yo empecé a temblar. Le agarré las manos a Yulieth con toda la fuerza que me quedaba.
—Pero, ¿por qué? ¿Por qué don Efraín haría eso?
Yulieth bajó la mirada.
—Porque el asilo cobra una pensión mensual muy alta por usted, doña Elvira. La paga una cuenta a nombre suyo, del dinero que quedó de la venta de la finca de Aureliano. Si usted se va con sus hijos, don Efraín pierde esa plata. Pierde plata con cada anciano que reclaman.
Y ahí entendí todo.
Once años. Once Navidades. Once cumpleaños. Once años de creer que era una madre desechada, cuando en realidad mis tres hijos habían venido a buscarme y les habían mentido en la cara.
—Yulieth —le dije con la voz quebrada—, ¿usted puede ayudarme a llamarlos?
Ella sacó su celular.
—Ya los llamé anoche, doña Elvira. A los tres. Ricardo lloró en el teléfono como un niño. Marta salió esta madrugada de Bogotá manejando. Julián viene en un vuelo desde Medellín.
Yulieth me miró a los ojos.
—Van a llegar hoy. Los tres. Antes del mediodía.
Miré el reloj de la pared. Eran las 6:47 de la mañana.
Le pedí a Yulieth el vestido azul de flores. La peineta de carey. Que me peinara como antes.
A las 11:20, escuché tres carros frenar en el portón. Escuché voces. Escuché a mi hijo Ricardo gritar el nombre de don Efraín con una rabia que nunca le había oído.
Y después escuché los pasos corriendo por el pasillo. Tres pares de pasos. Los pasos que llevaba once años esperando.
La puerta de mi cuarto se abrió de golpe.
Y por primera vez en once años, tres meses y quince días, dejé de estar sola.