Durante generaciones, una de las frases más mal interpretadas de Jesús ha sido esta: “Perdona setenta veces siete”. A muchas personas se les enseñó que eso significa aguantarlo todo, callar el dolor, soportar humillaciones y seguir cerca de quien las lastima. Pero esa lectura no solo es incorrecta, sino peligrosa.
Cuando se observa el contexto histórico, cultural y lingüístico del pasaje, surge una verdad mucho más profunda y liberadora.
Jesús no estaba hablando de sumisión
Cuando Pedro le pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar, menciona el número siete, que en la tradición judía simbolizaba lo completo, lo máximo. En otras palabras, Pedro ya estaba proponiendo un estándar muy alto. Sin embargo, Jesús responde con una expresión mucho más grande: “setenta veces siete”.
En el pensamiento hebreo, los números no eran matemáticos como hoy. Eran simbólicos. “Setenta veces siete” no significa contar 490 ofensas, sino romper con la lógica de la venganza limitada. En el mundo antiguo, se creía que uno podía vengarse solo hasta cierto punto. Jesús da vuelta esa lógica y propone algo radical: cortar el ciclo del daño.
Perdonar no es fingir que nada pasó
La palabra griega que se traduce como “perdonar” es aphiemi, que significa literalmente soltar, liberar, dejar ir una deuda. No quiere decir minimizar lo ocurrido ni hacer como si no hubiera pasado nada. Tampoco significa volver a exponerte al mismo daño.
Perdonar es sacar de tu interior el peso que alguien más te dejó. Es decidir no vivir más atado a una herida. No es justificar al que te dañó, es liberarte del veneno emocional que quedó dentro de ti.
Jesús nunca promovió el abuso
Un detalle que muchos ignoran es que, en ese mismo capítulo, Jesús también habla de confrontar, poner límites y tomar distancia cuando alguien no cambia. El perdón no elimina las consecuencias. Perdonar no obliga a reconciliarse ni a seguir cerca de quien sigue lastimando.
Perdonar es un acto interior. Los límites son un acto de dignidad.
El perdón es una ruptura espiritual
Cuando Jesús habló de perdonar sin límite, estaba enseñando cómo romper cadenas internas. La persona que vive atrapada en el rencor sigue unida al agresor, aunque ya no esté presente. El perdón corta ese vínculo invisible.
No libera al culpable. Libera al que sufrió.
Por eso esta enseñanza resulta incómoda para los sistemas que usan la culpa y el miedo para controlar. Una persona verdaderamente libre ya no es manipulable.
Consejos y recomendaciones
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Perdona por tu salud emocional, no por obligación. El perdón es una decisión personal, no una imposición moral.
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Pon límites claros. Puedes perdonar y al mismo tiempo alejarte de quien te hace daño.
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No confundas perdón con reconciliación. No toda persona merece volver a entrar en tu vida.
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Valida tu dolor. Perdonar no significa negar lo que sufriste. Reconocerlo es parte de sanar.
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Hazlo a tu ritmo. El perdón verdadero no se fuerza; nace cuando estás listo.
Perdonar no es rendirse ni aceptar injusticias. Es negarse a vivir prisionero del pasado. Cuando sueltas el rencor, recuperas tu poder, tu paz y tu libertad interior. Y eso, más que cualquier castigo, es la verdadera victoria.