Esa mañana abrí el placard de forma completamente automática: para elegir qué ponerme y empezar el día. Y de repente, fue como si mi mirada tropezara con la ropa. Algo estaba allí. Se movía.
Me llamo Julián, tengo treinta y ocho años y hasta ese momento creía que nada podía alterar mi rutina de las siete de la mañana. Me quedé quieto, con la mano todavía en el picaporte, viendo cómo una de mis camisas colgadas se balanceaba apenas, como si alguien la empujara desde atrás.
Un susto que me paralizó
Mi primer pensamiento fue una sombra. El segundo, una araña enorme. Sentí que el corazón se me hundía, las palmas de las manos empezaron a sudar y mi respiración se volvió irregular. Me quedé paralizado, mirando, con miedo incluso de parpadear.
Pero cuanto más observaba, más me daba cuenta de que no se movía como una araña. Sus movimientos eran bruscos, torpes, casi indefensos. Algo avanzaba por detrás de las camisas, y una parte de ese “algo” asomaba por debajo de la tela: una forma fina y alargada que se agitaba de un lado a otro.
“Probablemente algo enorme con patas largas”, pensé. Una oleada de ansiedad y asco, mezclada con miedo, me recorrió el cuerpo. Quería gritar y, al mismo tiempo, irme de allí y olvidar todo.
Armándome de valor
Respiré hondo. Me dije que era un adulto y que no podía seguir viviendo con un monstruo en el placard. Busqué en la cocina un vaso grande de plástico y una hoja de cartón, tomé una linterna y volví despacio, conteniendo la respiración.
Con la punta de un paraguas, aparté con cuidado una camisa. Después otra. Y entonces lo vi: una pequeña salamanquesa de color beige, no más larga que mi mano, aferrada a la pared del fondo con sus patitas de ventosa, que me miraba con ojos enormes y negros, tan asustada como yo.
Me eché a reír de puro alivio. Lo que parecía un monstruo era un huésped diminuto, un visitante que probablemente entró por la ventana entreabierta durante la noche, buscando un lugar tibio y oscuro donde pasar el día.
Qué son las salamanquesas y por qué entran a las casas
Las salamanquesas, o geckos, son lagartijas pequeñas de hábitos nocturnos. Tienen almohadillas adhesivas en las patas que les permiten trepar paredes y techos, y se alimentan de insectos como mosquitos, polillas y cucarachas. Suelen entrar a las casas buscando calor, refugio o comida, y no representan ningún peligro para las personas: no muerden salvo que se las acorrale y no son venenosas.
Su cola se desprende con facilidad si se asustan, y vuelve a crecer con el tiempo. Por eso nunca hay que agarrarlas de la cola ni apretarlas.
Qué hacer si encuentras una en tu casa
- Mantén la calma. No la persigas ni la golpees: se estresa y puede soltar la cola.
- Cúbrela con un vaso y desliza un cartón. Así puedes trasladarla sin tocarla.
- Suéltala al aire libre. Déjala en un jardín, un árbol o una pared exterior, lejos de gatos y perros.
- Lávate las manos si llegaste a tocarla, como con cualquier animal silvestre.
- Cierra los accesos. Revisa mosquiteros y grietas, y mantén ordenado el interior de los armarios.
Lo que me quedó de aquella mañana
Con el vaso y el cartón la llevé hasta el balcón y la dejé sobre una maceta. Se quedó un segundo mirándome, como agradeciendo, y desapareció entre las hojas. Me tomó diez minutos dejar de temblar y, para mi sorpresa, otros diez para dejar de sonreír.
Esa noche le conté la historia a mi hermana por teléfono y no paró de reírse. Desde entonces, cada vez que abro el placard, sacudo las camisas primero, por si acaso. Y cuando veo una salamanquesa en la pared del patio, ya no siento miedo: siento respeto por esos pequeños cazadores de mosquitos que, sin saberlo, me regalaron el susto más memorable de mi vida.