Era un sábado completamente común. Estaba de rodillas, intentando rescatar una pieza de LEGO que se había escondido debajo de un mueble viejo. Sí, todavía piso esas piezas de vez en cuando, y sí, sigue doliendo igual que cuando era niño. Algunas cosas, simplemente, no cambian con los años.
Mientras miraba entre el polvo y las sombras acumuladas, algo llamó mi atención. Era una masa rara, con apariencia grumosa, ligeramente pegajosa y con una textura que parecía crujiente. Mi primer pensamiento, como buen ser humano dramático antes del café de la mañana, fue el peor: un ratón muerto.
Una inspección antes del café
Sin embargo, lo que encontré resultó ser mucho más extraño que cualquier roedor. Tomé un lápiz, porque obviamente esa es la herramienta oficial para investigar objetos sospechosos en el piso, y le di unos toquecitos. No se movió. Un alivio enorme. Pero tampoco se parecía a nada que alguna vez hubiera estado vivo.
Era una especie de bulto irregular, cubierto por lo que parecían diminutas semillas o bolitas fusionadas a su superficie. Algo entre mohoso y misterioso. Por un instante hasta esperé encontrar una pequeña nota dejada por algún mapache que dijera: «Gracias por guardarme la merienda».
Pero después de unos treinta segundos de desconcierto y una olfateada precavida, sentí un olor levemente plástico, casi familiar. En ese momento lo supe con total claridad: lo que tenía frente a mí era un trozo de Floam endurecido por el paso del tiempo.
¿Te acordás de Floam?
Para quienes no lo recuerdan o no llegaron a conocerlo, Floam fue uno de esos juguetes sensoriales que se hicieron tremendamente populares hace varias décadas, especialmente en los años 90 y principios de los 2000. Se trataba de una pasta moldeable, similar a la plastilina, pero con una característica muy particular: estaba formada por miles de pequeñas bolitas de poliestireno unidas por un gel pegajoso.
Al apretarlo entre las manos, ofrecía una sensación táctil única, distinta a cualquier otro juguete de la época. Se podía moldear, estirar, aplastar, pegar a superficies lisas y hasta recubrir objetos con él para personalizarlos. Venía en colores brillantes, llamativos, y normalmente se vendía en pequeños envases con tapa para mantenerlo fresco. Si dejabas el frasco abierto, en cuestión de días el material se endurecía y se volvía prácticamente irrecuperable.
¿Por qué fue tan especial?
Floam fue parte de una ola de juguetes sensoriales que precedieron a la moda del slime que volvió con fuerza años después. Sus particularidades más recordadas incluyen:
- Textura única: la combinación de gel y bolitas creaba una experiencia táctil que enganchaba a chicos y adultos por igual.
- Versatilidad creativa: servía tanto como masa para moldear figuras como recubrimiento decorativo para lápices, cajas u otros objetos.
- Colores vibrantes: azul eléctrico, verde neón, rosa intenso y amarillo brillante eran los más populares.
- Publicidad memorable: los comerciales televisivos de la época convirtieron al producto en un fenómeno cultural entre los más jóvenes.
El poder de un objeto olvidado
Lo curioso de encontrarme con ese pedacito fosilizado de Floam fue lo rápido que mi mente viajó hacia atrás. De pronto recordé las tardes enteras moldeando figuras absurdas, la frustración de ver cómo se endurecía si me olvidaba de cerrar bien el envase y la emoción de abrir uno nuevo. Era un olor, una textura, una memoria entera comprimida en un grumo polvoriento que llevaba quién sabe cuántos años escondido debajo de ese mueble.
Es notable cómo un objeto tan pequeño y aparentemente insignificante puede desencadenar una avalancha de recuerdos. No fue una fotografía, ni una canción, ni una vieja carta lo que me transportó a la infancia, sino un trozo endurecido de juguete olvidado durante años. La nostalgia, parece, no necesita grandes producciones para hacerse presente.
El desenlace de mi pequeño hallazgo
Después de la sorpresa inicial, terminé sonriendo. Lo que comenzó como una búsqueda fastidiosa de una pieza de LEGO se transformó en el momento más nostálgico de toda mi semana. Encontrar ese fragmento de Floam endurecido fue como descubrir una cápsula del tiempo accidental, un recordatorio silencioso de épocas más simples, cuando las preocupaciones eran ínfimas y la felicidad podía caber en un frasquito de colores.
Al final, ese pedacito petrificado me recordó algo importante: los objetos cotidianos guardan más memoria de la que imaginamos. Y a veces, basta con mirar debajo de un mueble polvoriento para reencontrarse, aunque sea por unos segundos, con la persona que fuimos hace mucho tiempo atrás.