Después de los 70: siete actitudes que ningún adulto mayor debería tolerar, según Mario Alonso Puig

La etapa posterior a los 70 años suele estar marcada por una contradicción social profunda: mientras se predica respeto hacia los mayores, en la práctica muchos adultos de edad avanzada son tratados como si su experiencia, sus opiniones y sus necesidades hubieran perdido importancia. Sobre esta realidad reflexiona Mario Alonso Puig en un mensaje dirigido a quienes transitan la vejez, invitándolos a reconocer y detener conductas que erosionan silenciosamente su dignidad.

El planteamiento central es claro: existen actitudes que jamás deberían permitirse, sin importar quién las ejerza, porque cada vez que se aceptan sin cuestionamiento se envía un mensaje —a los demás y a uno mismo— de que el maltrato sutil hacia los mayores es aceptable. A continuación se desarrollan las siete advertencias que estructuran su mensaje.

Una sociedad ambivalente frente a la vejez

Alonso Puig comienza señalando la relación contradictoria que la sociedad contemporánea mantiene con las personas mayores. Por un lado, se promueve el respeto a los ancianos como principio moral; por el otro, en el día a día se los invisibiliza, se los aparta de decisiones importantes y se desestiman sus sentimientos con el argumento tácito de que ya han cumplido su ciclo productivo.

El autor advierte que el verdadero peligro no radica solamente en cómo tratan los demás a las personas mayores, sino en el momento en que el propio adulto mayor comienza a creer que ese trato es normal, que ya no tiene derecho a quejarse, a poner límites ni a defender su espacio. Esa aceptación pasiva, sostiene, es la puerta de entrada a un deterioro emocional que puede opacar los años que aún quedan por vivir.

Primero: hablarle como si fuera un niño

Una de las conductas más frecuentes y menos cuestionadas es el uso de un tono infantilizado al dirigirse a los mayores. Frases como “abuelito, ¿ya tomaste tus pastillitas?”, pronunciadas con voz aguda y ritmo pausado, o comentarios en tercera persona hechos en su presencia (“él ya no entiende bien las cosas”), constituyen una forma de despojar al adulto mayor de su condición adulta.

Alonso Puig sostiene que este trato establece una dinámica de poder en la que quien habla asume el control y quien escucha queda relegado al papel de obedecer. El daño, subraya, es acumulativo: cada vez que se permite sin corregir, se normaliza. Su recomendación consiste en señalarlo con firmeza y sin agresividad, expresando algo como: “Aprecio tu preocupación, pero prefiero que me hables de manera normal, como al adulto que soy”.

Segundo: decidir por uno sin consultarlo

Otro punto crítico es cuando familiares o allegados toman decisiones sobre la vida del mayor —su salud, su dinero, su vivienda, su médico— sin siquiera consultarlo. El autor recuerda el caso de Mercedes, una mujer de 82 años cuyos hijos pusieron su casa en venta sin avisarle, argumentando que era “por su bien”.

La reflexión es contundente: mientras la mente esté clara y la persona sea capaz de comprender las consecuencias de sus actos, nadie tiene derecho a anular su autonomía. Alonso Puig reconoce que muchas familias actúan desde el miedo, pero aclara que el miedo, aunque provenga del amor, no otorga potestad para decidir por otro adulto. Recomienda comunicar con claridad que las decisiones finales corresponden al propio interesado, documentar los deseos personales —incluso legalmente— y aprender que “no” es una oración completa que no requiere justificación extensa.

Tercero: hacer sentir al mayor como una carga

Uno de los dolores más profundos que puede experimentar una persona de edad avanzada es percibir que su presencia estorba. Suspiros de fastidio ante una petición de ayuda, comentarios sobre lo “complicado” que resulta llevarlo al médico o miradas de cansancio en reuniones familiares construyen, con el tiempo, la sensación de ser un problema.

Alonso Puig contradice esta lógica: el valor de una persona no depende de su productividad ni de su independencia, sino del simple hecho de existir. Además, recuerda que los mayores ya contribuyeron durante décadas —criaron hijos, trabajaron, cuidaron a otros— y recibir apoyo ahora forma parte del ciclo natural de la vida, no de un favor concedido.

Ante estas situaciones, sugiere expresar directamente cómo afectan esos comentarios y, si la actitud no cambia, replantearse qué tipo de relaciones vale la pena sostener. Sentencia con claridad: “Es mejor estar solo que acompañado de personas que te hacen sentir mal contigo mismo”.

Cuarto: ignorar o minimizar el dolor físico y emocional

“A tu edad es normal que te duela todo”, “son cosas de la edad”, “ya estás muy sensible”. Estas frases, aparentemente inocentes, son en realidad formas de invalidación que pueden tener consecuencias graves. El autor advierte que cuando los síntomas de un adulto mayor son minimizados, se pierden oportunidades de detectar y tratar condiciones médicas reales.

Lo mismo ocurre con las emociones. La tristeza, la ansiedad o la soledad no son componentes inevitables del envejecimiento, sino estados que merecen atención profesional. La depresión, aclara, no forma parte natural de la vejez, aunque frecuentemente se la trate como tal.

Sus recomendaciones prácticas incluyen insistir cuando un profesional desestima los síntomas, buscar segundas opiniones, llevar un registro escrito de las molestias, informarse sobre las condiciones frecuentes en la edad avanzada y exigir respeto ante quienes minimizan la experiencia personal.

Quinto: reducir a la persona a su edad

Otro maltrato sutil consiste en ver al adulto mayor únicamente como “el anciano” o “la anciana”, borrando el resto de su identidad. Alonso Puig recuerda que ninguna persona es solo un número: cada una tiene gustos, pasiones, opiniones, sueños y una historia única que no puede reducirse a una etiqueta generacional.

El peligro es doble. Por un lado, quienes rodean al mayor comienzan a limitar sus oportunidades basados en suposiciones. Por otro, el propio adulto puede internalizar esa reducción y renunciar a proyectos, aprendizajes o relaciones pensando que “ya no es su momento”.

El autor menciona ejemplos de personas de 80, 85 y hasta 90 años que aprenden idiomas, emprenden negocios, se enamoran o crean arte. La vida, insiste, no se detiene en ningún número específico. Por ello aconseja cultivar activamente la identidad personal, mantener los intereses propios y corregir a quienes hacen suposiciones basadas únicamente en la edad.

Sexto: abusar de la generosidad

Muchas personas mayores, tras una vida entera dedicada a cuidar de otros, se convierten en blancos fáciles de explotación emocional, física o económica. El hijo que pide dinero prestado y no devuelve, el familiar que vive en la casa sin colaborar, el pariente que solo aparece cuando necesita algo, o quienes dan por sentado que el adulto mayor siempre dirá que sí, son ejemplos que Alonso Puig identifica como formas de abuso.

Distingue con claridad entre generosidad y sumisión. La verdadera generosidad nace de la abundancia y del deseo genuino de dar; cuando se convierte en obligación, en algo esperado y jamás correspondido, deja de ser virtud y pasa a ser explotación. Señales claras de este desequilibrio son el resentimiento constante al ayudar, la ausencia de reciprocidad y el deterioro del propio bienestar por atender las demandas ajenas.

Frente a esto, propone reconocer que decir “no” es un acto saludable y responsable, y aprender a diferenciar entre una petición sincera de ayuda y una manipulación disfrazada.

La importancia de recuperar la voz propia

A lo largo de todo el mensaje, Alonso Puig insiste en una idea que atraviesa cada advertencia: la dignidad no es negociable. Cada situación que se acepta sin cuestionar refuerza un patrón, y con el tiempo esos patrones terminan definiendo la manera en que se vive la vejez. Recuperar la voz propia, expresar los límites con claridad y firmeza, y rodearse de personas que valoren la individualidad son actos que, lejos de ser rebeldía, constituyen una forma de amor propio indispensable en esta etapa.

El autor también sugiere que el bienestar emocional en la vejez depende en gran medida de la capacidad de sostener la identidad completa: seguir aprendiendo, mantener pasiones, cultivar relaciones significativas y no permitir que el número de años se convierta en la única lente a través de la cual el mundo —y uno mismo— observa la propia vida.

Un mensaje para vivir la vejez con plenitud

El planteamiento de Mario Alonso Puig no es una convocatoria al conflicto con los seres queridos, sino una invitación a la lucidez. Se trata de reconocer que muchas de las conductas dañinas hacia los mayores nacen del miedo, de la desinformación o de patrones culturales, pero que ello no las hace aceptables. Establecer límites, exigir respeto y defender la autonomía son gestos que benefician tanto al adulto mayor como a quienes lo rodean, porque enseñan un modelo distinto de envejecimiento: uno basado en la dignidad, no en la resignación.

La reflexión final que atraviesa el mensaje es que la vejez no es el final de la persona, sino una etapa más de una vida que sigue teniendo pleno derecho a ser vivida con voz, con decisiones propias y con la certeza de que cada ser humano, sin importar su edad, merece ser tratado como lo que es: una persona completa.