Me enteré de que mi esposo tenía una amante un martes cualquiera, mientras doblaba su ropa recién lavada.
Se le cayó un recibo del bolsillo del pantalón. Hotel Miramar, habitación 214, dos noches, servicio a la habitación para dos personas. La fecha coincidía con el «viaje de trabajo a Monterrey» del que había vuelto tres días antes.
Me llamo Marcela, tengo 47 años, y llevaba 22 casada con Ricardo. Teníamos dos hijos, Andrés de 19 y Camila de 16, una casa en la colonia Providencia, dos autos, un perro llamado Toto y lo que yo creía que era una vida decente.
No lloré. Eso fue lo primero que me sorprendió de mí misma. Me senté en el borde de la cama con el recibo en la mano y sentí un frío raro en el estómago. Después doblé el recibo con cuidado, lo guardé en el fondo de mi cajón de ropa interior, y terminé de doblar la ropa.
Al día siguiente contraté a un investigador privado. Se llamaba Ernesto Villareal y tenía la oficina arriba de una farmacia en la avenida Vallarta. Le pagué con el dinero que tenía guardado para renovar la cocina.
La amante se llamaba Fernanda. Tenía 31 años, era contadora júnior en la empresa donde Ricardo era gerente, vivía sola en un departamento en la colonia Chapalita que Ricardo le pagaba desde hacía un año y ocho meses. Le había regalado un auto en diciembre. Un Mazda gris.
Ernesto me entregó un sobre manila con fotos, extractos bancarios, mensajes de texto, y hasta un video de Ricardo entrando al edificio de ella con una bolsa del supermercado.
—¿Va a proceder con el divorcio? —me preguntó.
Le dije que no. Le dije que necesitaba pensar.
Y pensé. Pensé durante casi dos años.
Durante esos dos años seguí siendo la esposa perfecta. Le planchaba las camisas, le preparaba el café como le gustaba, sonreía en las cenas con sus jefes. Pero por dentro me estaba construyendo, ladrillo por ladrillo, otra Marcela.
Volví a estudiar. Terminé la licenciatura en administración que había dejado cuando me embaracé de Andrés. Abrí una cuenta bancaria a mi nombre en un banco distinto al de Ricardo. Vendí joyas de mi madre que él nunca había visto. Empecé un pequeño negocio en línea vendiendo ropa de diseñadoras locales. En dos años acumulé lo suficiente.
Y hablé con un abogado. El Licenciado Herrán, de Torre Américas.
—Con estas pruebas, señora, usted se queda con la casa, con la mitad de todo lo demás, y con una pensión considerable —me dijo.
Llegó nuestro aniversario número 24. Reservé mesa en el restaurante donde habíamos tenido nuestra primera cita, El Mesón de la Abuela. Me puse el vestido azul que a Ricardo siempre le gustó.
En el restaurante pedimos su vino favorito. Él me tomó la mano y me dijo que sin mí él no era nada, que gracias por 24 años maravillosos.
Sonreí. Saqué de mi bolso un sobre blanco y lo puse frente a él.
—Feliz aniversario, mi amor. Ábrelo.
Vi el momento exacto en que su cara cambió. La sonrisa se le congeló. La mano empezó a temblarle tanto que golpeó la copa y el vino tinto se derramó sobre el mantel, sobre su camisa, sobre los papeles.
—Marce… Marce, esto… —susurró.
—Sí, mi amor —le dije, todavía sonriendo—. Es la demanda de divorcio. Y también la carta que el Licenciado Herrán envió esta mañana al consejo directivo de tu empresa, informándoles de tu relación con Fernanda, tu subordinada directa. Debes tener varios correos sin leer.
Ricardo abrió la boca y la cerró tres veces, como un pez fuera del agua.
Pero eso no era lo que lo tenía pálido. Eso no era el sobre.
Porque adentro del sobre había algo más. Algo que él no esperaba. Una fotografía. Una fotografía de Fernanda, tomada esa misma mañana, saliendo de un consultorio ginecológico en la colonia Ladrón de Guevara.