Cada día respondemos decenas de veces a la misma pregunta: «¿cómo estás?». Y casi siempre lo hacemos con una de dos respuestas automáticas: «bien» o «mal». Aparentemente inofensivas, estas palabras repetidas durante años pueden convertirse en una forma sutil de entregar nuestra energía emocional a cualquier interlocutor, incluso a desconocidos. Esta es la reflexión central que propone el aksakal Askar, inspirado en las enseñanzas de un lama tibetano llamado Tenzin.
El problema con las respuestas habituales
Las dos respuestas más comunes parecen neutras, pero cargan un peso psicológico que rara vez consideramos. Veamos por qué.
Decir «estoy bien»
Cuando afirmamos con entusiasmo que todo va de maravilla, no siempre estamos frente a personas que comparten genuinamente nuestra alegría. En muchos casos, presumir bienestar puede despertar comparaciones, envidia silenciosa o resentimiento. La tradición popular de muchas culturas advierte que la felicidad ostentada atrae miradas que no siempre desean lo mejor. No se trata de mística, sino de psicología social: lo que mostramos influye en cómo los demás nos perciben y nos tratan.
Decir «estoy mal»
El extremo opuesto tampoco resulta inocuo. Repetir constantemente que las cosas van mal refuerza patrones mentales negativos, instala el problema en nuestra identidad y, además, fatiga a quienes nos rodean. Quejarse en automático puede alejar oportunidades, contactos y vínculos saludables. Lo que verbalizamos con frecuencia, lo internalizamos.
La tercera respuesta: el camino del equilibrio
La propuesta del aksakal Askar es introducir una respuesta intermedia, sobria y respetuosa con uno mismo. En lugar de oscilar entre la euforia y la queja, conviene contestar con expresiones neutras como:
- «Todo en su curso»
- «Gracias a la vida, sigo adelante»
- «Sin novedades importantes»
- «Paso a paso»
Estas fórmulas comparten una característica: no revelan información sensible, no invitan a la comparación y no abren la puerta a la queja crónica. Son, en cierto modo, un escudo verbal que protege la intimidad emocional sin caer en la frialdad.
Tres niveles de protección según el interlocutor
La enseñanza también propone diferenciar la respuesta según con quién hablamos. No todas las personas merecen el mismo nivel de apertura.
Primer nivel: desconocidos y contactos casuales
Con vecinos lejanos, compañeros de trabajo con los que apenas se cruza una palabra o cajeros del supermercado, la respuesta debe ser breve, cordial y vacía de detalles. Un simple «todo bien, gracias» sin profundizar cumple la función social sin exponer nada personal.
Segundo nivel: conocidos y colegas cercanos
Con amistades de trato frecuente o colegas de confianza moderada, conviene compartir el ánimo general sin entrar en cifras, planes ni proyectos. Frases como «vamos avanzando» o «con trabajo y salud» transmiten calidez sin abrir todos los frentes.
Tercer nivel: círculo íntimo
Solo con familiares directos, pareja o amigos del alma de larga data tiene sentido hablar con apertura total. Son las personas que celebran de verdad nuestros logros y nos sostienen en los momentos difíciles. Aun así, la prudencia recomienda no compartir proyectos que aún están en gestación.
La importancia del silencio sobre lo bueno
Un proverbio común en distintas culturas afirma que la felicidad ama el silencio. No significa esconder la alegría, sino reservarla para quien la sabe valorar. Los proyectos en marcha, los logros recientes y los planes futuros suelen prosperar mejor cuando no se anuncian a los cuatro vientos. Esto tiene una explicación psicológica: al verbalizar prematuramente una meta, el cerebro experimenta una recompensa parcial que reduce la motivación para concretarla. Por eso conviene actuar primero y contar después.
El hábito con el teléfono que arruina toda la protección
De poco sirve cuidar el discurso oral si después se publica cada detalle de la vida en redes sociales. Subir constantemente fotos del lugar de trabajo, del auto nuevo, del viaje, de las comidas en restaurantes o de los seres queridos equivale a contestar «estoy excelente» a miles de personas a la vez, muchas de ellas desconocidas.
El consejo es claro: reducir la exposición digital. Compartir menos, esperar a que los acontecimientos pasen antes de publicarlos, y reservar los momentos verdaderamente importantes para el círculo cercano. La discreción en línea es la extensión natural de la discreción en la conversación.
Una práctica simple pero transformadora
Cambiar la forma de responder «¿cómo estás?» puede parecer un detalle menor, pero repetido cientos de veces al año configura una postura interior. Quien aprende a contestar con equilibrio:
- Protege su estado de ánimo de influencias externas.
- Reduce las comparaciones sociales innecesarias.
- Evita reforzar pensamientos negativos al quejarse en automático.
- Cultiva una relación más sana con su intimidad.
No se trata de desconfiar de todos ni de aislarse, sino de reconocer que la palabra tiene peso, que la energía emocional es un recurso valioso y que no toda persona merece acceso al mismo nivel de información personal. La sabiduría de las tradiciones antiguas, en este punto, coincide con lo que hoy enseñan la psicología moderna y la comunicación interpersonal: menos exposición, más equilibrio interior.