Tengo 93 años y esta fue mi vida: así se vivía antes

«Tengo 93 años y esta fue mi vida». Quien dice estas palabras no habla de épocas mejores ni peores, sino de otras formas de vivir. Don Anselmo nació en un pueblo pequeño, en una casa de adobe donde la mesa se ponía para todos y nadie comía hasta que se sentaba el abuelo. Sus recuerdos, que a los jóvenes de hoy pueden parecerles de otro planeta, dibujan una manera de vivir en la que cada cosa tenía su tiempo, su esfuerzo y su recompensa.

Jugar en la calle hasta que oscurecía

«Salíamos después del almuerzo y volvíamos cuando oíamos que nos llamaban a cenar», cuenta. Los juguetes eran casi siempre hechos a mano: una pelota de trapo, un aro con una vara, trompos de madera, canicas, una cuerda para saltar. Los niños de todas las edades jugaban juntos y los conflictos se resolvían ahí mismo, sin árbitros ni adultos. La calle era la cancha, el patio y la escuela de la convivencia.

La radio, el centro de la casa

Antes de la televisión, la radio reunía a la familia. Se escuchaban radionovelas, noticias, música y partidos, y toda la casa guardaba silencio cuando empezaba el capítulo de la noche. «Había que imaginar los personajes. Cada uno tenía su propia cara en la cabeza», recuerda don Anselmo. El aparato se cuidaba como una joya y se cubría con un mantelito de crochet.

La escuela de antes

La escuela quedaba a media hora a pie y se iba con los zapatos en buen estado, cuidados para que duraran. En el aula, los alumnos de distintas edades compartían el mismo salón. Se escribía con pluma y tintero, se recitaban las tablas de memoria y se respetaba al maestro como a una autoridad. «Era duro, sí, pero aprendimos a leer, a escribir y a contar bien; y aprendimos a esforzarnos», dice.

La familia alrededor de la mesa

La comida era el momento más importante del día. Los platos eran sencillos —sopa, guisos, legumbres, pan casero—, pero siempre estaban acompañados de conversación. No había teléfonos ni pantallas: se hablaba de la jornada, se contaban historias y los mayores daban consejos. «Se comía lo que había y se agradecía», afirma.

El trabajo y la ayuda de todos

Desde pequeños, los niños colaboraban en las tareas de la casa y del campo: dar de comer a los animales, acarrear agua, barrer, ayudar en la cosecha. No se trataba de explotación, sino de una forma de aprender a ser parte de una comunidad. Los vecinos se ayudaban entre sí en las siembras, en las enfermedades y en las fiestas. «Nadie se quedaba solo», recuerda.

Las dificultades también existían

Don Anselmo no idealiza todo. La medicina era limitada, muchas enfermedades que hoy se curan con facilidad resultaban graves, el trabajo era muy duro y no todos tenían oportunidades de estudiar. «Hubo hambre, hubo frío y hubo despedidas dolorosas», admite. Pero también aprendió algo que no se olvida: a valorar lo poco y a compartir lo que se tenía.

Qué diferencias nota con la vida de hoy

  • Antes se esperaba: una carta tardaba semanas y una conversación importante se hacía cara a cara.
  • Hoy hay más comodidades, más información y más posibilidades de elegir.
  • Antes había menos cosas, pero se conocía a los vecinos; hoy a veces tenemos muchas conexiones y pocas conversaciones largas.
  • La tecnología ha salvado vidas y acortado distancias, aunque también ha cambiado la forma de estar juntos.

Lo que le diría a las nuevas generaciones

Cuando le preguntan qué aprendió en tantos años, don Anselmo sonríe: «Que la vida es corta, que hay que querer a la gente mientras está, que el trabajo honrado nunca sobra y que la paciencia es una gran maestra». No pide que los jóvenes vivan como él, sino que no pierdan lo esencial: el respeto, la gratitud y el tiempo compartido.

Una invitación para conversar

Quizás en tu familia haya un don Anselmo o una doña Rosa con historias parecidas. Sentarse a escucharlos, grabar sus recuerdos o anotar sus recetas y refranes es una manera de conservar una memoria que no está en los libros. Cada historia de «así se vivía antes» es también una lección sobre cómo queremos vivir hoy.