Mi hija de seis años comenzó a hablar con alguien detrás de la puerta de su habitación a las tres de la madrugada. Cuando entré, estaba completamente sola. Le pregunté con quién hablaba y respondió: «Con la señora que vive debajo de mi cama». Esa noche instalé una cámara.
Las voces de las tres de la mañana
Me llamo Paula y vivo con mi hija Lucía en una casa vieja que compramos hace seis meses. Es una construcción de los años sesenta, de pisos de madera que crujen y paredes gruesas. Lucía tiene seis años, es tímida y fantasiosa, y desde la mudanza había hecho muy pocos amigos.
Una madrugada me despertó un murmullo. Caminé descalza por el pasillo y me detuve frente a su puerta. Escuché su vocecita, bajita, como quien cuenta un secreto:
—Sí, señora… No, hoy no… Mañana le cuento.
Abrí de golpe. Lucía estaba sentada en la cama, sola, con su conejo de peluche. La habitación estaba en silencio.
—¿Con quién hablabas, cariño?
—Con la señora —respondió, sin asustarse—. La que vive debajo de mi cama.
Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda. Me agaché y miré. Solo había polvo, una caja de juguetes y el piso de madera.
Una cámara y una noche en vela
Pensé que eran fantasías de niña y le dije que no había nadie. Pero la noche siguiente volvió a pasar. Y la otra. Siempre alrededor de las tres. Siempre con esa conversación a media voz.
Así que el viernes instalé una pequeña cámara con visión nocturna sobre el armario, apuntando a la cama. Me acosté en mi cuarto con el teléfono en la mano, mirando la transmisión en vivo. Al principio, nada. Lucía dormía profundamente.
A las 3:04, abrió los ojos. Se sentó. Miró el suelo, junto a la cama.
Y entonces vi algo que me paralizó. Una de las tablas del piso, justo bajo la cama, se levantó lentamente. Una mano arrugada, pequeña, la apartó desde abajo. Después apareció un rostro: una mujer mayor, de cabello blanco enredado y ojos cansados.
Ella le sonrió a mi hija y le entregó algo envuelto en papel. Un caramelo.
Lo que había bajo el piso
Salté de la cama y corrí hacia el cuarto con el teléfono en la mano. Pero antes de entrar, hice lo único que se me ocurrió: llamé a la policía en voz baja desde el pasillo.
Los agentes llegaron en minutos. Cuando levantaron la tabla, encontraron una abertura que daba a un viejo sótano, un hueco olvidado de la construcción original, que los antiguos dueños habían tapado con madera. Había allí una manta, una linterna, botellas de agua y una bolsa con ropa.
La mujer estaba sentada entre las sombras, temblando. Se llamaba Amparo, tenía setenta y ocho años y era la madre de quien me había vendido la casa.
—No quise asustar a nadie —dijo, con la voz quebrada—. Solo necesitaba un lugar.
Su hijo la había internado en una residencia tras vender la propiedad, sin su consentimiento. Ella se escapó hacía ocho meses y, sin dinero ni lugar adónde ir, recordó la entrada al sótano que conocía desde joven, accesible desde el jardín trasero. Había vivido allí, saliendo solo de noche.
—Tu hija me vio una vez, por una rendija —dijo—. Me preguntó si tenía frío. Yo le dije que sí. Desde entonces, hablamos cada noche. Me recordaba a mi nieta, a la que no veo desde hace años.
Una despedida con final distinto
Fue una de las noches más extrañas de mi vida. Al principio sentí miedo y rabia. Después, ternura. Amparo no había lastimado a nadie. Solo necesitaba compañía y un lugar para esconderse.
Los agentes llamaron a una trabajadora social. Aquella misma madrugada le conseguimos ropa limpia y una taza de té. Resultó que su familia llevaba meses buscándola: tenía una hermana en otra ciudad que no había dejado de preguntar por ella.
Días después, Amparo viajó a vivir con su hermana. Antes de irse, abrazó a Lucía y le dejó una pulsera tejida.
—Ahora ya no tengo que hablar con la señora de abajo —me dijo mi hija meses después—. Pero a veces la extraño.
Yo también. Aprendí que no todo lo que da miedo en la oscuridad es un monstruo. A veces es alguien que solo necesita que lo escuchen.