Llevaba cuatro horas de vuelo, de regreso a casa después de cinco días de viaje de negocios, cuando algo tibio me rozó el codo. Bajé la vista y vi cinco dedos descalzos apoyados sobre mi reposabrazos. Por un instante pensé que lo estaba imaginando. Entonces me llegó el olor.
Una conversación que no llevó a ninguna parte
Me giré. Detrás de mí viajaba un hombre de unos cuarenta y cinco años, con un reloj caro, auriculares y los zapatos tirados bajo el asiento. Después descubriría que se llamaba Gustavo, y que yo ya tenía su rostro grabado en la memoria.
—Disculpa, ¿podrías quitar el pie de mi reposabrazos?
Se bajó un auricular con fastidio.
—Ni siquiera te está tocando.
—Está sobre mi reposabrazos.
—Mis pies necesitan respirar.
—Pues que respiren en tu asiento.
Sonrió con desdén.
—Es un avión, todos compartimos el espacio. Usa el otro reposabrazos y no molestes.
Se puso de nuevo los auriculares y movió los dedos como quien se despide. Aparté el codo y respiré hondo. Diez minutos después, el pie seguía allí. Cuando el avión atravesó una zona de turbulencia, sus dedos llegaron a rozarme la manga.
—En serio, quita el pie.
—Oye, es solo un pie —suspiró, como si yo fuera una carga—. Actúas como si lo hubiera puesto sobre tu plato de comida.
La mujer del asiento contiguo, Irene, hizo una mueca de asco. Él soltó una carcajada y nos dijo que necesitábamos relajarnos. Ahí dejé de discutir.
—De acuerdo —dije.
Sonrió, convencido de que había ganado.
Un regalo para Sofi
En mi bolso de mano llevaba el regalo para mi hija Sofi, de ocho años, fanática de todo lo que sea rosa: un kit de belleza de Barbie que había comprado en una tienda del aeropuerto. Traía seis esmaltes en distintos tonos de rosa y anillos de plástico con piedras gigantescas, algunas casi del tamaño de una pelota de golf. Pensaba dárselo esa noche, pero tomar prestadas un par de piezas no le haría daño a nadie.
Veinte minutos después, Gustavo ya dormía a pierna suelta, con el pie descalzo a pocos centímetros de mi codo. Lo miré un buen rato. Entonces se me ocurrió algo.
—¿Podrías taparme la vista si se despierta? —le pregunté a Irene en voz baja.
Le susurré mi plan. Abrió los ojos como platos y se tapó la boca para no reírse.
—¿De verdad vas a hacerlo? Eres mi reina.
Saqué el esmalte más brillante. Con muchísimo cuidado, pinté de rosa fucsia la uña del dedo gordo. Él ni se movió. Seguí con las demás, cada una de un tono distinto, mientras Irene temblaba de risa silenciosa.
—Se te da sorprendentemente bien.
—Ocho años con una hija que cree que todos los fines de semana son de spa.
Para terminar, le puse dos anillos de juguete en los dedos: uno con un enorme diamante rosa y otro con un corazón morado lleno de brillantina. En un momento se removió, se rascó la nariz, murmuró algo y se volteó hacia la ventana. Las dos nos quedamos heladas. Roncó de nuevo y Irene se aplastó la boca con las manos.
—No puedo creer que siga dormido.
—Parece que sus pies son más amables cuando está inconsciente.
El despertar
Unos cuarenta minutos más tarde, Gustavo se despertó, se estiró, se quitó los auriculares y se levantó rumbo al baño, sin molestarse en ponerse los zapatos. Con cada paso, las piedras de plástico brillaban bajo las luces de la cabina. Un pasajero lo vio y estalló en carcajadas. Alguien más atrás empezó a reírse, y pronto varias filas miraban sus pies. Hasta la azafata tuvo que esforzarse para mantener la compostura.
—¿Qué? —gruñó él.
Nadie contestó. Bajó la mirada, se puso rojo como un tomate y se giró hacia mí.
—¡¿Qué diablos hiciste?!
—¡Ah, te diste cuenta! Pensé que tus pies querían algo de decoración mientras respiraban.
—¡Me humillaste!
—Te pedí tres veces que quitaras el pie. Te negaste.
Llegó la azafata. Él le enseñó los pies, indignado. Ella los miró con seriedad profesional y le sugirió que se pusiera los zapatos y mantuviera los pies dentro de su espacio. Gustavo se agachó a tirar de los anillos. El morado salió fácil, pero el rosa se resistía. Irene le ofreció una servilleta.
—Toma, a lo mejor te ayuda a agarrarlo mejor.
—¡No necesito tu ayuda!
Casi se cae antes de que el anillo cediera. Se lo metió en el bolsillo y se fue al baño con sus uñas fucsia a la vista de todos.
—Creo que no te va a olvidar —me dijo Irene.
—Eso espero.
Él no tenía idea de que yo sí sabía quién era. Unos días antes había revisado el expediente de mi nuevo equipo de trabajo, y su foto estaba en la primera página. Pero no pensaba decírselo en pleno vuelo.
Lo que pasó en casa
Al llegar, Sofi se me lanzó a los brazos y lo primero que preguntó fue si le había traído algo. Saqué el kit y los anillos que no había usado. Se puso a gritar de alegría, hasta que notó que algunos frascos estaban abiertos.
—Mamá, ¿por qué están abiertos?
—Es una historia graciosa. Tuve que pedir prestado un poco de esmalte en el avión.
Le conté todo. Cuando llegué a los anillos gigantes, Sofi se retorcía de risa en el suelo.
—¿Le hiciste un maquillaje de Barbie a un señor?
—Solo a sus pies.
—¿Y le gustó?
—No mucho.
Esa noche me preguntó por qué me levantaría temprano. Le dije que tenía una reunión importante con gente con la que nunca había trabajado. Me miró con sus uñas recién pintadas.
—Si alguien es malo contigo, ya sabes qué hacer.
—Eso no es muy apropiado para una oficina.
—¡Pero en el avión funcionó!
La reunión de las diez
A la mañana siguiente me puse mi traje azul marino favorito, me serví un café fuerte y llegué a la oficina diez minutos antes de la hora. Era mi primer día como nueva directora regional. Frente a la sala de reuniones, alguien contaba una historia a viva voz, y reconocí esa voz de inmediato.
—¡Tendrían que haber visto a esa loca! ¡Me arruinó el vuelo! ¡Me pintó las uñas de los pies mientras dormía!
Me quedé al otro lado de la puerta entreabierta, mordiéndome los labios. Escuchar el mismo incidente contado desde el otro lado era casi demasiado perfecto. Alguien le preguntó qué había hecho para provocarla.
—¡Nada! ¡Absolutamente nada! Algo sobre el espacio personal. Hay mujeres que no soportan que les digan que no.
Convenientemente, omitió el detalle de su pie sobre mi reposabrazos. Después cambió de tema con una seguridad asombrosa.
—Entre nosotros, mi ascenso se anunciará muy pronto. Nadie conoce todavía a la nueva directora, pero yo sé cómo tratar a la gente que manda. Antes del almuerzo la tendré comiendo de mi mano.
Levanté una ceja. Mi asistente, Paula, llegó con una carpeta y me miró.
—¿Lista?
—Más que nunca.
Paula abrió la puerta.
—Buenos días a todos. Ha llegado la nueva directora regional.
Entré y las conversaciones se apagaron. Gustavo estaba sentado cerca de la cabecera, con la misma sonrisa confiada del avión, que se le borró en cuanto me reconoció. Se quedó sin aire.
—¿Tú?
Me acerqué y le tendí la mano.
—Qué gusto verte de nuevo, Gustavo. ¿Cómo están tus pies?
Alguien soltó un resoplido y varios se echaron a reír. Gustavo me estrechó la mano de mala gana.
—No sabía que trabajabas aquí.
—Yo tampoco sabía que tú. El mundo es un pañuelo.
Le pedí que continuara con la historia que estaba contando, la versión en la que explicaba por qué tenía el pie descalzo sobre mi reposabrazos. Alguien exclamó: «¿Su qué?». Una mujer, riendo abiertamente, preguntó si yo era la del esmalte.
—Culpable.
Gustavo se tapó la cara con las manos. Esperé a que todos recuperaran la compostura.
—Gustavo, escuché todo lo que dijiste afuera. Incluso cómo tratas a quienes crees que no te sirven para impresionar a nadie. Antes de hablar de ascensos, hablemos de lo que significa respetar a los demás.
Me senté a la cabecera de la mesa. Él se quedó mirando su libreta, sin una sola palabra.
Un último detalle
Al terminar la reunión, se acercó mucho menos seguro de sí mismo.
—Perdón por lo del vuelo —murmuró.
Asentí y lo vi alejarse. Al moverse, la tela del pantalón dejó ver una mancha rosada cerca del tobillo.
—¿Gustavo?
—¿Sí?
—Se te quedó un pedacito.
Se miró el tobillo, horrorizado.
Esa noche le conté a Sofi que su esmalte había causado una gran impresión.
—¿Y esta vez le gustó?
—Digamos que por fin aprendió a mantener los pies en su sitio.
A veces, el respeto se aprende con una lección que no se olvida. Y a veces, el esmalte de una niña de ocho años hace más que mil discusiones.