Durante treinta y cinco años, la desaparición de aquella clase fue un misterio que nadie lograba resolver. Nadie había encontrado nada: ni una mochila, ni una huella, ni una prenda. Hasta que una mujer salió tambaleándose del bosque y pidió hablar con un investigador.
«Buscaron arriba»
Cuando Andrés Molina terminó de escuchar a Sofía Cardozo, hizo la primera pregunta que se le vino a la cabeza.
—¿Qué significa «abajo»?
Ella apretó los dedos alrededor de la manta.
—Debajo del bosque.
—¿Una cueva?
—No. Un lugar hecho por personas.
Le pidió un mapa. Recorrió las hojas con la mirada mucho tiempo y por fin apoyó el dedo sobre una zona a casi veinte kilómetros de donde la habían encontrado.
—Aquí.
—Los equipos de búsqueda revisaron esa zona en 1990.
Sofía lo miró.
—Buscaron arriba.
El archivo y el refugio olvidado
A la mañana siguiente, Andrés abrió el expediente original. Veinticuatro alumnos y su maestra habían salido a una excursión de un día. A las 13:40 los vieron por última vez. A las 18:00, al ver que no regresaban, comenzó la búsqueda. Nadie encontró nada. Pero había un detalle casi olvidado: cerca del recorrido había habido una instalación militar construida en los años sesenta, abandonada oficialmente mucho antes. Ya no figuraba en los mapas actuales.
Pidió los planos antiguos. Bajo el bosque existía, efectivamente, una red de galerías.
Dos días después, un equipo llegó a la zona que Sofía había marcado. La entrada no se parecía a una entrada: estaba oculta bajo las raíces de un árbol enorme, cubierta de tierra, musgo y maleza. Ella les había explicado qué buscar: una placa metálica. La encontraron tres horas después. Al levantarla, aparecieron escalones y un aire frío salió de la oscuridad. Un agente encendió la linterna. En la primera pared había algo escrito con tiza:
6.º B — 1990
Nadie dijo nada. Bajaron.
Las personas que crecieron bajo tierra
A unos doscientos metros, la galería se ensanchaba. Encontraron la primera habitación: camas improvisadas, mesas, recipientes para el agua, ropa. Y en una pared, decenas de rayas verticales agrupadas de a cinco. Años enteros contados sobre el cemento. Pero no había nadie.
—¿Dónde están? —preguntó uno de los rescatistas.
Desde el fondo del túnel llegó un ruido. Una puerta metálica se abrió y un hombre de pelo completamente blanco apareció a la luz, con las manos levantadas para protegerse los ojos.
—¿Sofía? —preguntó.
Andrés se quedó helado. El hombre se llamaba Mateo Balcarce. En 1990 tenía trece años. Ahora tenía cuarenta y ocho. Detrás de él aparecieron otros: once personas en total. Eran los niños desaparecidos, solo que ya no eran niños.
Lo que había pasado en 1990
La verdad se fue conociendo en las semanas siguientes. El día de la excursión, la maestra vio lo que parecía la entrada de un refugio abandonado y entró con los alumnos unos minutos. Adentro se toparon con tres hombres. La instalación no estaba abandonada: la usaban para guardar y mover mercadería robada. Los niños los vieron. Y esos tres hombres tomaron una decisión monstruosa: los encerraron.
Según los testimonios, el plan inicial era retenerlos solo hasta poder trasladar la actividad. Pero la búsqueda masiva en la superficie los asustó. Los días se volvieron semanas. Uno de ellos dijo entonces: «Ahora ya es demasiado tarde para dejarlos ir».
Durante años les llevaron comida, medicinas y combustible, pero las visitas se fueron espaciando. Los niños crecieron ahí. Su maestra, Ana Peralta, se convirtió en quien los mantuvo con vida: les enseñó a filtrar agua, a cultivar verduras en dos cuartos donde llegaba luz por viejos pozos de ventilación, a reparar las instalaciones, a sobrevivir. Intentaron escapar muchas veces. Algunos murieron en el intento; otros enfermaron. De los veinticuatro alumnos y su maestra, doce seguían con vida cuando Sofía, por fin, encontró un conducto de ventilación lo bastante ancho para pasar. Tardó tres días en llegar a la superficie.
La pregunta que perseguía a todos
Andrés hizo la pregunta que todos se hacían:
—¿Cómo pudo permanecer oculto un lugar así durante treinta y cinco años?
La respuesta estaba en el expediente de 1990. Uno de los tres hombres era hermano del comisario adjunto que había coordinado parte de las búsquedas. Los investigadores descubrieron informes modificados, zonas marcadas como revisadas sin haberlo sido, testimonios ignorados. Un guardabosques había declarado que vio un camión junto a la instalación abandonada dos días después de la desaparición. Su declaración nunca llegó al expediente oficial. Alguien buscó a los niños. Pero alguien más se aseguró de que nunca los encontraran.
La maestra Ana Peralta no estaba entre los sobrevivientes. Había muerto ocho años antes del rescate. Cuando los equipos hallaron el lugar donde la habían enterrado, junto a ella había una caja metálica. Dentro, cuadernos: uno por casi cada año bajo tierra. En la última página que escribió, una sola petición:
«Si alguno de mis niños sale alguna vez de aquí, no le pregunten primero por qué no huimos. Pregunten cómo logramos seguir siendo personas».
La fotografía de la clase
Casi un año después, Sofía volvió por primera vez a su antigua escuela. En un salón habían colocado la fotografía de la clase de 1990: veinticuatro niños y una maestra, todos sonriendo. Andrés estaba a su lado.
—¿Pensaste alguna vez que volverías a ver esta foto?
—Todos los días —dijo ella.
Tocó con el dedo el rostro de la niña de doce años que había sido. Todos decían que habían desaparecido durante treinta y cinco años.
—¿No es cierto?
Sofía negó despacio.
—Nosotros sabíamos exactamente dónde estábamos —dijo—. Los de arriba eran los que no sabían dónde buscarnos.
Y quizás esa fue la parte más aterradora de toda la historia. Durante treinta y cinco años, el misterio pareció imposible de resolver. No porque los alumnos hubieran desaparecido sin dejar rastro, sino porque alguien se había encargado de que nunca se siguiera ese rastro hasta el final.
Esta historia es una obra de ficción inspirada en temas reales. Los nombres, personajes y hechos son imaginarios.