El gesto de una compañerita que hizo que Tomás dejara de esconder su parche

—Tomás, ¿dónde están todos tus parches?

Mi hijo, de siete años, se quedó paralizado a mitad de cerrar la mochila. Miró la caja casi vacía sobre la mesada de la cocina y se encogió de hombros.

—Se me pierden.

—¿Se te perdieron doce parches?

Ese encogimiento de hombros me preocupó más que los parches faltantes. Desde hacía meses, ponerle el parche era una batalla diaria. El oftalmólogo le había indicado taparse un ojo varias horas por día para fortalecer el otro, que veía menos. El parche no le dolía. Lo que le dolía era que lo miraran.

—Todos me quedan mirando —se quejaba alguna mañana. Otro día se paraba frente al espejo del baño y tiraba de una punta. —¿Puedo usarlo solo cuando llego a casa?

—No, mi amor. Sabes que tienes que usarlo varias horas.

—¿Por qué tengo que ser el único de la sala con esto?

Esa pregunta nunca supe cómo responderla del todo. Podía explicarle lo que decía la médica, podía recordarle que lo ayudaba a ver mejor, pero nada cambiaba el hecho de que tenía siete años, y a esa edad sentirse distinto puede pesar muchísimo.

Algo cambió de golpe

Y entonces, hace unas semanas, las discusiones se frenaron de un día para el otro.

—Hora del parche —le dije una mañana, ya preparada para el reclamo.

—Bueno.

Lo miré fijo. —¿Bueno?

Tomás estiró la mano, agarró el parche, le sacó el papel y se lo puso solo. Sin quejas, sin negociar, sin quedarse mirando el espejo con cara triste. Debería haber estado feliz. En cambio, unos días después, empecé a notar que la caja se vaciaba mucho más rápido de lo que él la usaba.

La conversación con la maestra

Cuando lo fui a buscar al colegio, la maestra, la señorita Ibarra, me pidió hablar un minuto.

—¿Sabías que Tomás les está regalando parches a los compañeros? —me preguntó, con una sonrisa que no entendí al principio.

Me llevó hasta el aula. Ahí estaban: varios chicos con un parche puesto, cada uno decorado a su manera. Una nena le había dibujado corazones. Otro había escrito «SÚPER OJO» en letras grandes. Un tercero le había pegado pestañas de papel.

Todo había empezado, me contó la maestra, cuando una compañerita, Valentina, se acercó a Tomás en el recreo y le preguntó qué era eso que tenía en el ojo, sin burlarse, solo con curiosidad genuina. Él le explicó. Ella le dijo que quería usar uno igual, «para que no esté solo». Y de a poco, otros chicos se sumaron.

—¿Es verdad que le diste el tuyo a Valentina? —le pregunté esa noche a Tomás.

Asintió. —Se le veía solito.

Tuve que hacer fuerza para no largarme a llorar ahí mismo.

Lo que aprendí

—Sabes que me lo podrías haber contado —le dije, agachándome a su altura.

—Ya sé.

—Y capaz te hubiera comprado de más.

—¿En serio? —Sonrió—. ¿Puedo seguir llevando?

Al otro día abrí el cajón donde guardaba su caja de repuesto. Quedaba una sin abrir. Se la di entera.

A la mañana siguiente, cuando le dije «hora del parche», Tomás me lo sacó de la mano antes de que se lo pusiera yo.

—Puedo solo —dijo, y se lo acomodó frente al espejo del pasillo sin la cara de fastidio de siempre. Antes de salir, se dio vuelta.

—Mamá, ¿tú crees que a Valentina le va a gustar el que le llevo hoy?

—Creo que sí.

—Yo también —dijo, y salió corriendo.

Me quedé un rato pensando en todo lo que me había esforzado por convencerlo de que a nadie le importaba cómo se veía. Tal vez la lección no era esa. Tomás no necesitaba que le dijeran que nadie lo miraba raro. Necesitaba que alguien lo mirara y decidiera que no había nada de malo en lo que veía. Y fue otra nena de siete años la que se lo enseñó.