La primera vez que la hermana Clara dijo que estaba embarazada, la madre Aurora pensó que había escuchado mal. La segunda vez, rezó toda la noche. La tercera, mientras la joven monja sostenía a un bebé de pocos meses y un niño de dos años se aferraba a su hábito, la madre superiora sintió que algo en ese convento de montaña se estaba quebrando.
—Madre, creo que estoy esperando otro hijo —dijo Clara, con una sonrisa serena—. Es igual que las otras veces.
Un misterio detrás de los muros
En el convento de Santa Brígida no entraban hombres. El portón se cerraba al anochecer, las llaves las guardaba la madre Aurora y el pueblo más cercano estaba a una hora de camino por un sendero de piedra. Aun así, en tres años, la hermana Clara había “dado a luz” a dos niños: Mateo y Samuel.
Siempre la atendió la misma persona: la doctora Inés Robles, médica del pueblo, que subía al convento cada semana. Ella controlaba los embarazos, asistía los partos en la enfermería y se ocupaba de los papeles. Clara juraba que nunca había roto sus votos. Y la madre Aurora, que la conocía desde que llegó con diecinueve años, le creía. Eso era lo que más la asustaba.
Esa mañana, después de que Clara salió a preparar el biberón de Samuel, la madre Aurora encontró en el piso, junto a la silla, una tira fina de cinta médica. Tenía el mismo olor a desinfectante de las visitas de la doctora Robles.
Lo que nunca se había preguntado
Esa noche, la madre Aurora hizo algo que nunca había hecho: abrió el archivo de la enfermería. Buscó los registros de los partos. Encontró fechas, firmas, pesos de los bebés. Pero no encontró ni una sola ecografía. Ni un análisis. Ni una receta.
Recordó, además, un detalle que en su momento le pareció una bendición: los dos partos habían ocurrido de noche, a puertas cerradas, sin que ninguna otra hermana pudiera entrar.
A la mañana siguiente, cuando la doctora llegó, la madre Aurora la esperaba en la enfermería con los registros sobre la mesa.
—Quiero ver una prueba de que la hermana Clara estuvo embarazada alguna vez —le dijo.
La doctora Robles se sentó despacio. Tardó mucho en hablar.
La verdad de la doctora
Clara nunca había estado embarazada.
La doctora le explicó que la joven sufría una condición llamada embarazo psicológico: el cuerpo y la mente creen tan firmemente en un embarazo que aparecen náuseas, mareos, incluso el vientre se hincha, aunque no haya ningún bebé. La cinta médica venía de los parches y los controles que la doctora le hacía para vigilar su salud.
¿Y los niños?
La doctora Robles bajó la vista. Durante años había ayudado en secreto a mujeres del pueblo y de la región que huían de hombres violentos. A veces, alguna madre necesitaba esconder a su bebé mientras ella misma buscaba un lugar seguro. Mateo y Samuel eran dos de esos niños. Ninguna institución los habría protegido tan bien como un convento cerrado.
—Cuando vi que Clara creía estar embarazada, pensé que era una señal —confesó—. Ella necesitaba un hijo. Esos niños necesitaban un lugar donde nadie los buscara. Me equivoqué. Usé su dolor en lugar de curarlo.
—¿Qué dolor? —preguntó la madre Aurora.
La doctora la miró con tristeza.
—Pregúntele por el cementerio de San Roque.
Un pequeño ataúd blanco
La madre Aurora fue sola al cementerio del pueblo vecino. Entre las tumbas más antiguas, casi cubierta por el pasto, encontró una lápida diminuta. Tenía un nombre, “Lucas”, y una fecha de hace nueve años. Debajo, una inscripción: “Hijo de Clara. Vivió un día”.
Clara había tenido un bebé a los diecisiete años, antes de entrar al convento. Nació enfermo y murió al día siguiente. Su familia la obligó a enterrarlo sin decírselo a nadie y la mandó lejos. Ella nunca pudo llorarlo.
Todo ese dolor escondido había vuelto con la forma de embarazos que no existían.
Sanar de verdad
La madre Aurora no castigó a nadie. Pero exigió que las cosas se hicieran bien. La doctora Robles se presentó ante las autoridades para regularizar la situación de los niños. Una de las madres de Mateo y Samuel, que ya había rehecho su vida lejos del peligro, pidió volver a ver a sus hijos. Juntas acordaron que el convento seguiría siendo parte de la vida de los pequeños.
Clara empezó un tratamiento con una psicóloga y, por primera vez, habló de Lucas en voz alta.
Un domingo de primavera, la madre Aurora la acompañó al cementerio de San Roque. Clara llevó flores blancas y se arrodilló frente a la pequeña lápida.
—Perdóname por no haberte llorado antes —susurró.
Ese día, en el convento, no hubo anuncios de nuevos embarazos. Solo hubo silencio, oración y una joven monja que, después de nueve años, por fin pudo dejar ir a su hijo.