La noche del 24 de febrero de 1986, el apartamento de un complejo residencial en Van Nuys, en el Valle de San Fernando, se convirtió en la escena de un crimen que tardaría casi un cuarto de siglo en resolverse. La víctima era Sherri Rasmussen, una enfermera de 29 años que dirigía el departamento de cuidados médicos del Glendale Adventist Medical Center. Casada apenas tres meses antes con John Ruetten, su vida parecía apuntar hacia un futuro brillante. Esa tarde, todo terminó con tres disparos.
Una escena manipulada y una investigación superficial
Cuando John Ruetten regresó a casa esa noche, encontró a su esposa tendida en la sala, con heridas de bala en el brazo, el pecho y la cabeza. A primera vista, todo apuntaba a un robo interrumpido: la ventana estaba rota, había electrónicos apilados junto a la puerta trasera y el desorden era evidente. Los detectives del Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD) rápidamente adoptaron esa hipótesis, sugiriendo que se trataba de dos ladrones sorprendidos por la víctima.
Sin embargo, había detalles que no encajaban. Sherri era una mujer atlética, criada por un padre militar, que difícilmente habría enfrentado a intrusos sin llamar antes a la policía. Además, en su brazo quedó una marca crucial: una mordida humana, cuyo tejido fue conservado y congelado como evidencia, aunque en aquel entonces la ciencia forense no podía extraer de él información concluyente.
Una pista ignorada durante décadas
Desde los primeros días, el padre de Sherri, Nels Rasmussen, insistió con un nombre ante los investigadores: Stephanie Lazarus, una oficial del LAPD que había sido novia de John antes de su matrimonio. Según Nels, Sherri le había confiado que Lazarus la había acosado, presentándose incluso en su lugar de trabajo para confrontarla. John Ruetten también mencionó a los detectives esa relación pasada y las conductas extrañas de su exnovia.
La respuesta oficial fue de desdén. A Nels le llegaron a decir que «veía demasiada televisión». La pista jamás se investigó formalmente. El caso quedó archivado como un robo sin resolver, mientras Lazarus continuaba su carrera dentro del propio LAPD, ascendiendo a detective en 1990 y especializándose posteriormente en el robo de obras de arte, un área que le dio incluso notoriedad pública.
El giro: la reapertura del caso
En 2004, el LAPD creó una unidad dedicada a casos fríos. El fiscal adjunto Pat Dixon revisó el expediente y quedó desconcertado al ver que nadie había seguido la pista de Lazarus, pese a las señales que apuntaban hacia ella. En 2005, el fragmento de tejido con la marca de la mordida fue enviado a un laboratorio criminalístico con tecnología moderna.
El resultado fue demoledor: el ADN pertenecía a una mujer. La teoría del robo perpetrado por dos hombres se desmoronó por completo. Los investigadores reentrevistaron a John Ruetten y a los allegados de la víctima. Todos los caminos volvían a apuntar hacia la misma persona: Stephanie Lazarus.
Un vaso de refresco en la basura
Para confirmar la sospecha, los detectives necesitaban obtener el ADN de Lazarus sin alertarla. En mayo de 2009, la siguieron discretamente durante una salida con su hija a un centro comercial en el Valle de San Fernando. Cuando la niña terminó su refresco y Lazarus arrojó el vaso plástico a un cesto de basura, un investigador lo recuperó con guantes estériles.
El análisis fue contundente: la saliva del vaso coincidía con el ADN de la mordida en el brazo de Sherri. La probabilidad de que perteneciera a otra persona era de una entre 1,7 sextillones.
Arresto dentro del propio LAPD
El 5 de junio de 2009, los detectives citaron a Lazarus bajo el pretexto de tratar un caso de robo artístico. En la sala de interrogatorios, cuando le mencionaron el nombre de Sherri Rasmussen y le informaron que contaban con su ADN, Lazarus solicitó un abogado. Al salir, fue arrestada por sus propios colegas dentro del edificio del LAPD.
Juicio, condena y confesión tardía
El juicio comenzó en marzo de 2012. Los fiscales reconstruyeron la escena: Lazarus habría ingresado al apartamento, se habría enfrentado a Sherri en una pelea física —durante la cual ocurrió la mordida— y finalmente le disparó tres veces. Después, simuló un robo apilando electrónicos y rompiendo una ventana con una piedra del jardín.
El jurado la declaró culpable de homicidio en primer grado. La condena fue de 27 años de prisión. Nels Rasmussen, con 81 años, presenció el veredicto junto a su esposa Lorraine.
El desenlace: una libertad negada
Durante más de una década en la prisión femenina de Chowchilla, Lazarus mantuvo su inocencia y alegó contaminación de las pruebas. Sin embargo, en noviembre de 2023, en su primera audiencia de libertad condicional, cambió su discurso y admitió su culpa, expresando arrepentimiento por haber violado el juramento de proteger a los ciudadanos.
La comisión recomendó inicialmente otorgarle la libertad condicional, pero el gobernador de California, Gavin Newsom, revocó esa decisión semanas después, argumentando que Lazarus había evadido la justicia durante más de dos décadas y solo asumió responsabilidad tras ser capturada. Permanece en prisión.
Nels Rasmussen falleció en 2017, a los 91 años, tras haber visto finalmente reconocida la verdad que defendió durante casi tres décadas. Como él mismo dijo poco antes de morir: no estaba satisfecho, porque su hija seguía muerta, pero sabía que había tenido razón desde el principio. La evidencia guardada en un congelador durante 23 años y un simple vaso desechado bastaron para demostrar que la justicia, aunque tarde, puede llegar.