Durante años, el pollo fue presentado como una de las proteínas más saludables. Y en muchos aspectos lo es. Sin embargo, lo que casi nadie explica es que no todas las partes del pollo tienen el mismo impacto en la salud, especialmente después de los 50 años, cuando las arterias se vuelven más sensibles al daño inflamatorio, al colesterol elevado y a la acumulación de toxinas.
Diversos especialistas en salud cardiovascular coinciden en que algunas partes del pollo concentran grasas peligrosas, residuos químicos y compuestos inflamatorios que pueden acelerar el deterioro arterial y aumentar el riesgo de infarto o accidente cerebrovascular. De hecho, la American Heart Association señala que la alimentación explica cerca del 40 % del riesgo cardiovascular total.
A continuación, te explicamos cuáles son las cuatro partes del pollo que conviene evitar, especialmente en la madurez.
1. La piel del pollo
Crujiente y sabrosa, sí… pero también la parte con mayor concentración de grasa saturada de todo el ave.
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Eleva el colesterol LDL (“malo”), favoreciendo la formación de placas en las arterias.
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Actúa como un depósito de toxinas: pesticidas, antibióticos y otras sustancias liposolubles se acumulan allí.
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Al freírla o cocinarla a altas temperaturas se generan productos finales de glicación avanzada (AGEs), compuestos que dañan el revestimiento interno de los vasos sanguíneos.
Investigaciones citadas por el National Institutes of Health muestran que una porción de pollo con piel puede triplicar la grasa saturada del pollo sin piel. Además, la Mayo Clinic asocia el consumo habitual de AGEs con envejecimiento vascular acelerado.
2. El hígado de pollo
Aunque en muchas culturas es considerado nutritivo, el hígado cumple una función clara: filtrar toxinas.
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Contiene niveles extremadamente altos de colesterol (una sola porción puede superar el límite diario recomendado).
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Puede acumular metales pesados como cadmio o plomo, especialmente en aves criadas de forma industrial.
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Estas sustancias contribuyen al estrés oxidativo y a la inflamación crónica, dos factores clave en la enfermedad cardiovascular.
Para personas mayores o con colesterol elevado, el consumo regular de hígado puede ser particularmente perjudicial.
3. El cuello del pollo
Suele pasar desapercibido, pero es una de las peores opciones:
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Está compuesto principalmente por piel, grasa, cartílago y huesos, con muy poco aporte proteico real.
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Concentra grasas saturadas y toxinas similares a las de la piel.
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Es rico en purinas, que elevan el ácido úrico y se asocian a mayor riesgo cardiovascular, según la European Society of Cardiology.
Además, suele cocinarse frito o muy dorado, lo que aumenta la formación de compuestos inflamatorios.
4. Las puntas de las alas
Probablemente la parte más subestimada y, a la vez, más problemática.
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Las alas suelen ser el sitio de aplicación de vacunas y antibióticos, por lo que las puntas pueden retener más residuos farmacológicos.
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Tienen una pésima relación proteína-grasa: mucho cartílago y grasa, muy poco valor nutricional.
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Según análisis nutricionales del USDA, hasta el 60 % de sus calorías proviene de grasa, en gran parte saturada.
Sumado a que suelen consumirse fritas y con salsas saladas, representan una combinación peligrosa para la presión arterial y el colesterol.
¿Qué partes del pollo sí conviene elegir?
Si deseas seguir consumiendo pollo de forma saludable:
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Opta por pechuga o muslos sin piel.
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Prioriza métodos de cocción como horno, plancha, hervido o grillado suave.
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Evita frituras y temperaturas excesivamente altas.
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Siempre que sea posible, elige pollo orgánico o criado sin antibióticos, ya que contiene menos residuos químicos.
Consejos y recomendaciones
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Retira siempre la piel antes de cocinar o comer.
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Usa hierbas y especias (ajo, romero, tomillo, limón, pimentón) para aportar sabor sin grasa extra.
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Si preparas caldo, utiliza huesos y carne magra, retirando la grasa visible que suba a la superficie.
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Mantén buenas prácticas de higiene: conserva el pollo refrigerado, cocínalo bien y evita la contaminación cruzada.
El pollo no es el enemigo de tu corazón. El problema está en elegir mal las partes. Evitar la piel, el hígado, el cuello y las puntas de las alas —y optar por cortes magros bien preparados— puede marcar una diferencia enorme en la salud de tus arterias, especialmente después de los 50. Pequeños cambios sostenidos en el tiempo protegen tu corazón más de lo que imaginas.